Información publicada en ABC sobre el abandono de ancianos en hospitales ABC

Mi hija llamará mañana…

Una historia en torno a la soledad basada en episodios reales

MadridActualizado:

Merodean tal vez por la nostalgia

ese usual laberinto de abandonos

buscan testigos y no los encuentran

salvo en las caravanas de fantasmas

piden abrazos pero nadie cae

en la emboscada de los sentimientos

Mario Benedetti, «Resistencias» (de «La vida ese paréntesis»)

El destartalado coche acusaba los baches. El mal estado de la carretera que unía el pueblo con la autovía, única manera de llegar al hospital comarcal, se le clavaba a Pepe en las costillas. 85 años no admiten demasiados trotes.

–Cómo te encuentras, papá? –preguntó Andrés–. No te preocupes que ya estamos cerca.

No, si preocupado no estaba. En realidad no entendía por qué unos simples estornudos habían provocado la estampida de toda la familia hacia el coche arrastrándolo a regañadientes, «que no quiero ir al hospital, ¡ni que me estuviera muriendo!». Su hijo, la mujer y los dos niños, demasiados pequeños para dejarlos solos en casa, enfilaron con el abuelo el camino al centro hospitalario.

Al entrar en Urgencias, Pepe comenzó a toser como un condenado. «¿Lo ves, papá?, hemos hecho bien en venir», comentó su nuera. Pero él seguía sin entender nada, seguro como estaba de tener un resfriado común. Además, no padecía, por suerte, ninguna enfermedad crónica ni tampoco respiratoria, así que saldría rápido de allí.

Observaba a sus nietos enredar entre los asientos de la sala de espera mientras sus padres cuchicheaban entre ellos algo ininteligible. Cuando el celador llegó con la silla de ruedas para recogerlo, Andrés le dijo: «Aquí estarás bien, papá», y le dio un beso en la frente. Alejándose pasillo adentro, Pepe no quiso mirar atrás. A su espalda se fueron apagando las voces gritonas de sus nietos. Tumbado en la camilla cerró los ojos y se dejó auscultar por el médico. «Los remedios caseros son los mejores para el catarro –aconsejó el facultativo tras explorarlo a conciencia–. Ya sabe, mucha miel y leche caliente, y paracetamol cada ocho horas. Ahora se lo doy todo por escrito. ¡Si está usted hecho un chaval!», bromeó.

Incredulidad

De nuevo en la sala de espera intuyó que algo pasaba. Estaba abarrotada de gente pero ni rastro de su hijo, ni de su nuera. Dio un giro completo sobre sí mismo notando sobre su piel arrugada la primera de las muchas lágrimas que le aguardaban en esa tarde de domingo.

–Por favor, ¿pueden avisar a mi familia? Ya me han dado el alta y tenemos que irnos a casa, ¿sabe?, si no se hará tarde para el baño de mis nietos.

–Han dejado esta bolsa para usted –le respondió en un tono neutro la mujer que estaba al otro lado del mostrador.

Andrés miró la bolsa incrédulo.

–Por favor… –suplicó–. Avise a mi familia… Estarán en cafetería, los niños a esta hora tienen hambre… recuerdos de su hijo en diferentes etapas de su vida.

La megafonía escupió al aire vacío y a la vergüenza: «Familiares de Pepe Jiménez, por favor acudan a recepción». Pero nada. Allí no aparecía nadie.

Cogió la bolsa y la arrulló en su pecho, sentado en un extremo de la sala temiendo que las horas pasaran. Cada vez había menos gente. Tras las cristaleras vio la tarde caer; aquella cruel tarde de domingo, grabada para siempre en su memoria. No era capaz de moverse. No podía, paralizado por el miedo. Escuchó de lejos a la recepcionista hablar con alguien de los suyos, posiblemente su hijo, al tiempo que movía la cabeza negativamente. La mujer colgó y, sin darse cuenta, se cruzó con la mirada de Pepe, que eludió con rapidez.

Primera noche de abandono

El frío caló los huesos y el alma de Pepe. Serían las once de la noche cuando un médico y una enfermera fueron a hablar con él. Que si parece mentira que un hijo pueda hacer algo así, que si dicen que son demasiados para una casa tan pequeña y que no caben, y que, claro, no tienen recursos para alquilar una más grande…

Lo acompañaron a una habitación en la que varios ancianos con buen aspecto permanecían encamados. La enfermera vació el contenido de la bolsa: un pijama, unas zapatillas y una muda, que Pepe ni se molestó en mirar. «Ni siquiera han metido algunas fotografías».

–Mejor así, porque cuando te han abandonado, los recuerdos se clavan como puñales en el corazón–. Carmen acababa de cumplir 80 años.

–¿Cuánto llevas aquí?

Seis meses.

–A mi familia le ha debido de pasar algo –explicó Pepe sin que nadie se hubiera interesado por su circunstancia. ¿Tal vez porque su historia sería dolorosamente similar a la de todos ellos?

La enfermera hizo la última ronda antes de apagar las luces de la habitación, «vamos, a dormir, que ya es hora».

–¿No ha llamado mi hija hoy?, de repente se oyó la voz angustiada de uno de los ancianos, Angelito, 91 años, preguntando a la enfermera.

–No –respondió ella.

–Entonces llamará mañana, seguro.

–Es lo mismo que dice todos los días –le aclaró Manuel, 89, a Pepe.

–¡Entérate, Angelito! –en la cama de al lado Amparo, 78–, que te han dejado tan solo como a nosotros.

–¡No es cierto! –replicó enfadado Angelito con la voz entrecortada.

–¡Pues claro que lo es! –Dolores, 85–. Nos han abandonado a todos.

–Bueno, basta ya, sois como niños –la enfermera puso fin a la discusión arropando a Angelito–. No les hagas caso, seguro que tu hija vendrá a recogerte –le susurró al oído para que nadie más lo escuchara.

–Mi hija llamará mañana…

El anciano, temblando de tristeza, se encogió debajo de la manta. Carmen y Pepe se miraron henchidos de impotencia.

Al cabo de una semana, Carmen, Pepe y el resto de ancianos, trece en total, seguían en el mismo sitio, distribuidos en habitaciones contiguas, como si fueran coches viejos que se aparcan en un lugar remoto y solitario, por el que nadie pasa, para evitar hasta el esfuerzo de darlos de baja.

Cuando no queda nada

–¿Cómo es posible que, con dos hijos que tengo, me vea en esta situación?–. Carmen seguía sin creer lo que le estaba pasando. No pudo evitar echarse a llorar. La pena era inmensa, excesiva. En ese momento, por primera vez, Andrés le tomó las manos y las apretó entre las suyas. De repente, Carmen alzó la mirada para clavarla en los ojos de él dejando que de las lágrimas brotara una sonrisa que iluminó, sin pretenderlo, el sufrimiento de ambos. Sin pronunciar palabra alguna, se contaron todo eso de cuánto pasaron en la guerra, de lo que costó sacar adelante a los hijos, del mucho esfuerzo para darles estudios… y verse ahora así, abandonados…, «una mujer tan hermosa como tú no merece esto», dijo Pepe. Y ella, con un gesto presumido, se retiró el flequillo plateado y dejó al descubierto sus azules ojos.

–Oye, Carmen, ¿por qué no cambiamos las camas para estar el uno al lado del otro?

Carmen se ruborizó, «qué cosas tienes»... Pero Pepe no iba a rendirse:

–¿Verdad, Dolores, que a ti no te importa?

En su situación, a Dolores ya pocas cosas le importaban, y accedió. Esa noche, al abrigo de incómodas miradas, Carmen y Pepe se dieron la mano de una cama a otra y se quedaron así dormidos.

En los días sucesivos, un responsable del hospital les informó de que iban a ser distribuidos (como si se tratara de un reparto de cartas o de paquetes postales) en diferentes centros sociales que estaban dispuestos a acogerles.

–Pero yo no quiero marcharme de aquí –habló Angelito–, porque cuando llame mi hija no me va a encontrar.

Todos agacharon la cabeza para que él no se diera cuenta de la pena que causaba en ellos; que era, al fin y al cabo, la pena que sentían de sí mismos.

A Pepe le correspondió el Hogar Santa Rita. Ambos pidieron estar juntos, pero la enfermera les respondió con humor que ni que fueran unas vacaciones para elegir hotel. El día en el que se preparaban para el traslado, ambos se cogieron de la mano antes de escuchar el destino de Carmen. Ella cerró los ojos y apretó la mano de Pepe: «Irá al Hogar Santa Rita», dijo el celador. La enfermera les guiñó un ojo.

Caminaron juntos hacia la furgoneta que les esperaba en la puerta, celebrando que sus manos no fueran a soltarse nunca más durante el tiempo que les quedara de vida.

Mario Benedetti, «Resistencias» (de «La vida ese paréntesis»)

carne de espera / alma de esperanza