Patio de una de las cárceles colombianas con presos sevillanos
Patio de una de las cárceles colombianas con presos sevillanos - ABC

Presos de SevillaVivir con doble condena: lejos de la libertad y lejos de casa

Una treintena de sevillanos cumple su pena en cárceles extranjeras, alguna en pésimas condiciones. Les ayuda con el contacto familiar la Fundación +34

SevillaActualizado:

Ocupa durante estos días la primera plana de actualidad el caso de Pablo Ibar, el único español en el corredor de la muerte por el supuesto asesinato de tres personas en 1994 al que el jurado popular condenó hace unos días. Mientras espera su sentencia y su abogado y varias asociaciones intentan revertir el proceso mediante recursos, la cuestión de los reclusos lejos de España recobra actualidad. Como Ibar, 966 españoles permanecen encerrados en prisiones extranjeras, de los que 152 son andaluces y, entre ellos, una treintena de sevillanos, según los datos que maneja el Ministerio de Asuntos Exteriores. Concretamente, hoy día son 38.

Los países donde más presos españoles hay son, como es evidente, aquellos más cercanos geográficamente hablando, aunque también hay algún otro iberoamericano en esa lista, como Perú o Colombia. Según las cifras del Gobierno, hasta finales del pasado 2018 había 211 presos en las cárceles francesas; 89 en las alemanas; 85 en Marruecos; 80 en Perú; y 35 en Portugal, si bien en el país andino la cifra ha descendido considerablemente en los últimos años por los traslados que se iniciaron en 2017 y de los que se han visto beneficiados 90 reos.

La situación de estos presos en el extranjero ha sido denunciada en múltiples ocasiones por el Defensor del Pueblo, que en el mismo Congreso de los Diputados, donde alertó de que la situación en centros penitenciarios incluso europeos presenta «hacinamiento, insalubridad y corrupción de los funcionarios». Y fuera del Viejo Continente, la coyuntura es mucho peor, como ocurre en Bolivia, Brasil o Venezuela, donde las prisiones superan en cinco o seis veces su capacidad y la incidencia de la violencia es enorme. Todo ello hace muy complicado el contacto de las familias y de las propias autoridades españolas para visitar a los condenados.

Voluntarios de la Fundación +34
Voluntarios de la Fundación +34- ABC

En Perú, por ejemplo, hay españoles en la indigencia, viven en la calle tras haber salido de la cárcel, asegura a ABC Javier Casado, presidente de la Fundación +34, organización ayuda a los internos gracias a una red de voluntarios dispersos por todo el mundo que realizan visitas a los presos. «Y también se facilita el contacto con las familias, que es esencial para muchos de ellos. De ahí el nombre que adoptó la fundación, el del prefijo telefónico de España, que para gran parte de los presos es una luz, un hilo que le conecta con su esperanza y su gente». Esa esperanza y el asidero de las propias raíces son un aayuda esencial en un trance de este tipo. Los consulados otorgan a los presos una ayuda económica si las condiciones de las cárceles así lo requieren, pero todo suele quedarse corto.

Para apoyar a internos que tienen problemas de salud pero que no pueden pagar la visita de un especialista médico, la Fundación +34 está recorriendo los parlamentos regionales para que aprueben una partida presupuestaria destinada a ayudar a los presos de su comunidad autónoma. Algunas regiones tienen ya convenios firmados con la entidad para que ésta gestione ayudas a esos encarcelados y sus familias, pero en el caso de Andalucía, esta fundación ha recibido, básicamente, portazos. «El Ministerio de Sanidad dice que estos ciudadanos no se encuentran dentro de sus competencias porque están fuera de España, por lo que tenemos que buscar ayudas en otras administraciones y no todas están poniendo de su parte», añade Casado. Las quejas en este apartado han sido constantes ante la Junta de Andalucía, administración que, sin embargo, defendió en la anterior legislatura la «labor callada y sin golpes de pecho con el colectivo de presos en el extranjero».

El Ejecutivo andaluz reiteró que hace «otras gestiones desde el punto de vista humanitario», porque «no sólo es una cuestión de dar una ayuda a una fundación en concreto por mucho que la misma merezca todos los respetos», sino que se realizan «otras actividades que no tiene que estar pregonando». «Se trata de, con labores calladas, hacer las gestiones necesarias para que las condiciones de vida de los andaluces en las cárceles sean lo suficientemente dignas», se explicó en su día desde la Consejería de Presidencia.

La Fundación +34 trabaja incansablemente a base de voluntarios en países donde hay españoles presos, entre los que se encuentran un buen puñado de sevillanos con una importante historia de sufrimiento detrás y a los que esta organización sirve de conducto mediante el que les llega el calor de sus familias y la esperanza del regreso. La droga está detrás de buena parte de los casos de encarcelamiento lejos de España. Tanto por el tráfico de estupefacientes como por los efectos del propio consumo y la necesidad imperiosa de dinero, que muchas veces engancha directamente con el primero de los motivos.

De Australia a Venezuela

Ese trasfondo ilustra a la perfección el caso de Alfredo, un sevillano de 45 años que gozaba de una vida relativamente estable y normal en la capital andaluza pero que ha tirado su vida por la borda a causa de su relación con la droga. Ésta venía siendo ya usual en los últimos años, pero un buen contrato laboral en una cadena de supermercados desde hacía varios años y la llegada de varios hijos habían conseguido darle algo de equilibrio vital. Como narra su hermano Daniel, «las malas compañías y su mala cabeza lo llevaron de nuevo a meterse en líos y quienes estaban cerca suya en ese mundo de la maldita droga lo terminaron enredando para que trasladara una maleta a Australia». En el país oceánico fue detenido hace cuatro meses por llevar consigo unos 800 gramos de metanfetaminas, aunque «ni él sabía siquiera lo que llevaba en el equipaje, simplemente necesitaba los 7.000 euros que le habían prometido entregar. Por ese dinero, que no le habría solucionado casi nada, y por la droga ha destrozado la vida que tenía».

Varios presos en una de las celdas
Varios presos en una de las celdas- ABC

Con 25 años cotizados a la Seguridad Social, tres hijos muy pequeños y contrato laboral de más de 1.600 euros mensuales desde hacía varios años, Alfredo hizo añicos su estabilidad aprovechando una baja laboral por depresión, periodo en el que le ofrecieron llevar el paquete con la droga a las antípodas de su tierra. Tras las escalas en La India y Malasia, en el aeropuerto de Melbourne el registro policial y su propio nerviosismo terminaron descubriéndolo y los agentes de aduana lo detuvieron. Una llamada desde el consulado en esa ciudad australiana a la pareja de Alfredo informó del desastre. «Lo habían detenido. Pero no sólo lo habían detenido, sino que estaba en Australia nada menos –explica su hermano--. Nos quedamos de piedra, porque nadie podía esperar algo así por muchos vaivenes que hubiera sufrido en su vida y sus problemas con las drogas. Era una persona muy normal dentro de lo que cabe y con una vida más o menos ordenada, con un trabajo estable y familia. Se pegó a gente a la que no tenía que haberse pegado, eso sí. Nos cogió a todos absolutamente por sorpresa y a mis padres les ha terminado de enterrar en vida, porque hace un par de años ya perdimos a uno de mis hermanos por una leucemia fulminante. Yo soy el más pequeño, veo aquí a diario lo que están pasando y me duele mucho ver tanto dolor en ellos. Si hicieron algo mal y el destino se lo está cobrando a ambos, creo que ya ha sido suficiente».

Relata Daniel que el tráfico de estupefacientes «está muy castigado en Australia y el propio abogado de oficio ya ha advertido a mi hermano de que el fiscal va a pedir entre ocho y quince años de cárcel» cuando se celebre el juicio, fijado para mayo, pero «ha tenido suerte dentro de lo que cabe por dos motivos: uno, porque en los lugares donde ha hecho escala el castigo es mucho peor, como en Malasia, y segundo por el modelo penitenciario australiano, que está muy avanzado y busca rehabilitar a las personas, con prisiones en muy buenas condiciones, las necesidades bien cubiertas y bastante tranquilidad. Está privado de libertad y está muy lejos, pero podría ser mucho peor en otros países menos desarrollados. Además, le han retirado la acusación de pertenencia a banda organizada, lo que mejora su perspectiva». Aún así, «la distancia, el idioma y la pena que le puede caer lo hacen todo muy duro, evidentemente. El juicio está previsto para mayo y cuando haya una sentencia sobre la mesa, la Fundación +34 ayudará con el papeleo y la repatriación para que pueda cumplir la condena en España. Es la manera de que mis padres puedan al menos respirar un poco. Mi padre tiene ya 77 años y está muerto de pena ante la idea de que ya no le queda tanto y quizás no pueda volver a ver a su hijo mayor. Es muy duro. Mi hermano no ha tenido cabeza y no ha pensado en nadie más que en él, pero uno de los grandes dramas de todo esto lo sufren los familiares del preso, no el preso en sí».

Dos reos en una habitación
Dos reos en una habitación - ABC

Bastante peor panorama pinta en las cárceles de Venezuela, un país que atraviesa una crisis social y hasta humanitaria de enormes dimensiones por culpa del régimen bolivariano de Nicolás Maduro y el lastre de ruina financiera de la etapa de Hugo Chávez. En algún presidio del interior, alejado de la civilizada capital, se han dado ya incluso casos de canibalismo cuando algún reo ha muerto, según narran desde la Fundación +34. Así están las cosas. Un sevillano, Juan (conocido por todos como Johny), está conociendo esos detalles del horror, aunque él se encuentra «afortunadamente» en la cárcel de Caracas. «Pero durante los cuatro meses en prisión preventiva estuvo en un lugar infrahumano, rodeado de ratas y cucarachas en una especie de patio gigantesco lleno de gente con enfermedades o a la que se las comían las úlceras», explica a este periódico su hermano, Leo. «Mandábamos medicamentos y no le llegaban, los quitaban de circulación antes de que le llegaran. Allí no hay garantías de nada», destaca su hermano, que ha encontrado en +34 una vía mediante la que poder mantener cierto contacto con Johny. «Hablamos cada cuatro o cinco meses, pero es muy complicado, la llamada siempre termina cortándose y no podemos ni despedirnos. Y no tiene nada que ver con su duración, porque a veces se corta cuando pasa medio minuto y otras cuando llevas tres. Aquello es lo que es y todo está rodeado de oscurantismo».

La historia de Johny es una de esas tantas que se truncaron con la crisis. Trabajó durante 22 años de camarero en un hotel sevillano, pero fue despedido (según su familia, por haberse convertido en enlace sindical) y con ello llegaron los problemas económicos. Luego vino el divorcio y el consumo esporádico de cocaína, que «ha terminado por destrozarlo todo porque en ese ambiente es donde lo han pescado para hacer el viaje que hizo para traerse la droga junto a su nueva pareja». A este preso lo detuvieron junto a su novia en octubre de 2014 en la aduana del aeropuerto de Caracas con cuatro kilos y medio de cocaína. Le cayeron siete años de condena, que cumplirá íntegramente. «Era la primera vez que hacía algo así –explica su hermano-- y parece evidente que fue una cabeza de turco. A los propios responsables de su detención los condenaron dos años después por narcotráfico, con lo que queda todo dicho. Las redes de la droga funcionan así e incluso varios meses después de que lo arrestaran se presentaron en mi casa los narcos que iban a recibir aquí la mercancía preguntando dónde estaba la coca y amenazando. Imagino que luego supieron lo que pasó y ya se quitaron de enmedio, pero ese hecho, que no entregase el material en su destino, hará difícil que él vuelva a España. Mantendrá el temor de que lo vuelvan a buscar y parece que tiene una nueva pareja en Venezuela, una chica que y trabajó para el Consulado y con la que ha tenido mucho trato. Lo peor es la situación de mis padres, que han quedado hundidos».

Junto a Leo, Isabel, la madre de Johny, articula algunas palabras entrecortadas. «No puedo ni hablar de todo esto de lo destrozada que estoy. Es mi hijo, qué le voy a decir...», balbucea su progenitora, que, como ella misma subraya, ha empeorado mucho «física y mentalmente desde entonces», malviviendo a base de pastillas. «Ha dejado aquí a su hijo, que tiene diez añitos y vive con su madre, que sí tiene una buena familia. Pero mi hijo también tenía una vida normal y era una persona trabajadora y honesta. Ver cómo estamos ahora nos deja muertos, hundidos...». Johny tiene 46 recién cumplidos y tiene aún tres años por delante entre rejas y al otro lado del Atlántico.