Saray Trujillo, pedagoga, y Andrés Martínez, arquitecto - Raúl Doblado

Desempleo y falta de formación en SevillaLos héroes anónimos de Los Pajaritos, uno de los barrios más pobres de España

Un grupo indesmayable de voluntarios de distintas edades tratan de cambiar las cosas en la zona de Sevilla con más problemas por metro cuadrado

SEVILLAActualizado:

Andrés Martínez «Sito» tiene 28 años y es arquitecto; Saray Trujillo, su novia, que tiene su misma edad, es pedagoga. Hacen muy buena pareja pero hay pocas como ellas en Los Pajaritos, uno de los Tres Barrios, junto con Candelaria y Madre de Dios, con menos universitarios de la ciudad. Apenas un dos por ciento de sus alumnos logra llegar a la universidad y terminar sus estudios. No es lo único que hace diferente a esta populosa barriada situada frente al centro comercial Los Arcos y a pocos minutos de Nervión Plaza y de algunas de las avenidas comerciales y residenciales más caras de Sevilla.

Sus veinte mil vecinos son de los más pobres de España y de los que menos años cumplen. Su renta familiar anual es de 12.300 euros, menos de la mitad que la media española, y su esperanza de vida es de 74, cinco años menos que la media local. Aunque el tiempo vuela en todas partes, aquí parece que corre más deprisa. La densidad de población del barrio es seis veces superior al promedio de Sevilla (33.000 habitantes por kilómetro cuadrado) y también es mucho más alto el desempleo (casi el 70 por ciento de su población activa), el fracaso escolar (en torno al 50) y el absentismo escolar (alrededor del 20 por ciento, según estimaciones de asociaciones privadas de Tres Barrrios).

No desde cero sino desde menos diez

«Yo siempre digo que un niño de los Pajaritos no empieza desde O sino desde -10», asegura Elvira Galán, profesora de uno de los tres colegios de la zona, el SAFA-Blanca Paloma. Los retrasos madurativos y discapacidades que se ven en las aulas de aquí también son superiores a las de la mayoría de los barrios de Sevilla por diversos motivos y esta docente cita, entre otros, «síndromes de nacimiento por droga o alcohol, problemas de nutrición y severas carencias afectivas».

Sito y Saray no tuvieron estos problemas y lograron con mucho esfuerzo romper la estadística del fracaso escolar y llegar a la universidad en un ambiente poco propicio al estudio. «Yo también fui un niñato y eso se lo digo ahora a los chavales, que si se esfuerzan pueden lograrlo. Vivir aquí no te condena a ser una mierda social», cuenta este joven arquitecto y diseñador. En los Pajaritos hay adultos y jóvenes que no saben leer ni escribir y el número de personas mayores que viven solas es también mucho mayor al de otras zonas de Sevilla.

María José Herranz, coordinadora de la asociación Candelaria
María José Herranz, coordinadora de la asociación Candelaria - R.D.

Muchos de ellos, con enfermedades circulatorias, artrosis o problemas de movilidad, están atrapados en sus viviendas porque en Los Pajaritos no hay ascensores, salvo en las tres torretas que miran hacia la carretera de Málaga. Recluida en su pequeño piso de cuarenta metros cuadrados está Carmen, 83 años, que lleva cuarenta viviendo en la calle Alondra, «una calle buena -dice- donde hay gente honrada y trabajadora». En otras calles del barrio «desde hace algunos años para acá, no hay gente tan buena», advierte.

Esta mujer y su marido, de 90 años, se cuidan el uno al otro y cuidan a su vez, como pueden, a su hija, de 54, discapacitada. A Carmen, pensionista, no le sobra precisamente el dinero, pero lo que lleva peor es no poder bajar a la calle. No es un caso aislado: Ana, tiene su mismo problema y lleva seis meses sin salir de su casa, a la que llegó con su padre en 1960, hace casi sesenta años.

La monja y la clausura

Carmen y Ana son vecinas y las dos tienen la misma edad (83), además de problemas parecidos de movilidad. «Llevo muchos meses sin salir de estas cuatro paredes y no nos ayudan con lo del ascensor», se lamenta la primera. Hace más de un año que los vecinos del bloque, la mayoría pensionistas como ella con diversas enfermedades, solicitaron una subvención pública para poner un ascensor y aún no han recibido respuesta. Tal vez no vivan para verla, pero eso les quita las ganas de bromear ni de reírse de ellas mismas: «Le digo a María Dolores -sonríe Carmen- que ella es la monja pero que la que está de clausura soy yo».

María Dolores Garcipérez de Vargas, «la monja», se vino a vivir a Los Pajaritos para ayudar
María Dolores Garcipérez de Vargas, «la monja», se vino a vivir a Los Pajaritos para ayudar - R.D.

La «monja» se llamaMaría Dolores Garcíperez de Vargas y es una de las tres voluntarias jesuitinas que se han venido a vivir a Los Pajaritos para ayudar a personas mayores que no tienen a nadie que se ocupe de ellos. Les hacen compañía y les ayudan en todo lo que necesitan. María Dolores es el único contacto humano que tienen algunas de ellas. Esta mujer menuda no se considera ninguna heroína, ni siquiera una persona especial, y cuenta a ABC que hace poco se les murieron dos de «sus mayores», los cuales no tenían familia o, si la tenían, no dieron señales de vida. «Fue una pena pero a otros dos hemos podido conseguirles plazas en residencias geriátricas, donde están muy bien atendidos», cuenta en el tono agridulce, de luces y sombras, que caracteriza a los voluntarios que echan una mano aquí.

«El estado de las viviendas es un gran problema de Los Pajaritos porque casi todas tienen más de medio siglo de vida y sus inquilinos no tienen dinero para repararlas, mientras hay sesenta y cuatro pisos nuevos, de titularidad municipal, que tienen ascensor y permanecen vacíos y muertos de risa», se lamenta María Dolores.

A algunos bloques de Los Pajaritos, con las paredes agujereadas y cables sueltos por todas partes, parece que les ha caído una bomba. Es como si el tiempo se hubiera detenido en ellos tras un lejano acto de sabotaje, aunque la ropa tendida en las fachadas indica que dentro vive gente, personas, familias. Éste no es el único barrio de Sevilla que tiene problemas pero en los últimos años se ha convertido en el paradigma del círculo de pobreza que aprieta a Sevilla por su flanco este.

«Este barrio se construyó durante los años 50 del pasado siglo para acoger a la creciente población obrera de Sevilla y era un barrio humilde, de gente trabajadora, donde vivían muchos empleados de Abengoa y la Cruz del Campo», cuenta Manuel Sánchez, el párroco de Los Pajaritos, un cánonigo con dos carreras universitarias y un doctorado europeo que eligió el destino más díficil para un sacerdote de Sevilla. La plaza llevaba vacante más de un año.

Manuel Sánchez y Paco Ortiz, sacerdotes de Tres Barrios
Manuel Sánchez y Paco Ortiz, sacerdotes de Tres Barrios - Juan Flores

Aunque en los años 80 pasó momentos complicados, como otros barrios de la ciudad, por la llegada a sus calles de la heroína, («murieron entonces muchos jóvenes», recuerda Juan Miguel Torres, un vecino que lleva medio siglo aquí), superó ese trágico paréntesis hasta que hace algunos años «vinieron varios clanes de las Tres Mil Viviendas, huyendo de la presión de las administraciones públicas en aquella zona», cuenta Sánchez. «Algunos políticos me dijeron que la droga tiene que estar en algún sitio y eso hasta puedo llegar a entenderlo -añade con resignación-, pero lo que no voy a entender es que se concentre todo en esta zona», dice.

La calle del Infierno

Aunque la adicción autóctona de esta zona es el alcohol, como la de otras de la ciudad con un elevado desempleo, los clanes procedentes del Polígono Sur se han hecho a precio de saldo con bloques enteros de los Pajaritos para convertirlos en fumaderos de droga. La crisis de 2008 hizo bajar los precios de la vivienda en toda la ciudad, pero hace tres o cuatro años empezaron a repuntar en toda Sevilla, menos en Los Pajaritos. A pesar de eso, sigue habiendo desahucios por impagos y okupas que entran por la fuerza en pisos vacíos.

«Lo peor no es la falta de trabajo sino la convivencia. Hay muchos okupas que crean muy mal ambiente y malestar en los bloques. No pagan la luz ni el agua ni la comunidad. Lo destrozan todo y la convivencia es muy difícil. Antes no era así, se ha estropeado mucho», cuenta Juana García, la esposa de Juan Miguel, que lleva sesenta años viviendo en un barrio que ahora casi no reconoce.

Sergio López Sanz «Haze», un cantante nacido en Los Pajaritos, describía hace algunos años el ambiente de su barrio en estas estrofas de «La droga»: «Toma que toma, que te fumas toa la goma no dejas ni la cartona/ese Diego que te digo se fuma hasta sus neuronas/ va a hacer rico al del cerro, sa fumao robles y encinas/ sus pulmones son de hierro, son mis perros/ Gracias a Dios hay gente honrada que se gana el salario sudando/ brindo por mi barrio y por mi gente/ que se ha manifestado contra la droga tantas veces/.

Esto lo escribió hace diez años y parte de esa gente honrada, él entre ella, se fue del barrio.

La zona conocida como «Los Amarillos» forma el triángulo de los «narcopisos» con las calles Gavilán, Perdiz, Mirlo, Tordo, Tórtola, Estornino y Jilguero. A la calle Gavilán la conocen muchos en el barrio como «la calle del Infierno» y no es sólo por el ruido que se forma muchas noches con coches tuneados de alta cilindrada cuyos propietarios ponen la música a todo volumen, sino también, y sobre todo, por la gente que se dedica a vender droga en sus alrededores, en algunas plazas e incluso cerca de varios colegios, según denuncian algunos vecinos. Muchas madres de la zona las evitan, especialmente si van con niños. «Esa gente no respeta nada y no queremos que nuestros hijos vean eso. Es una pena que no podamos estar en una plaza o paseando por algunas calles tranquilamente», comenta Verónica, de 33 años, que tiene una niña de 13.

Esta mujer cuida de su marido discapacitado y se dedica a la venta ambulante para sacar adelante a su familia. «A veces la Policía viene y me quita la ropa -cuenta-. En mi familia tenemos que comer todos los días y no quiero vender droga como hacen otras personas porque eso es malo y hace daño a nuestros hijos», dice.

Verónica va a un taller de Cáritas donde recibe una pequeña beca por asistir y aprende, además, cocina, contabilidad y escritura. Cuando acabe su formación, le gustaría trabajar en un bar o en un restaurante. «He pedido ayudas públicas pero los servicios sociales pero me dicen que se han quedado sin dinero. Sólo Cáritas me ayuda», asegura a ABC.

Juan Miguel Torres es voluntario de Cáritas
Juan Miguel Torres es voluntario de Cáritas - R.D.

Juan Miguel Torres colabora con esta organización y en otros grupos ciudadanos de ayuda: «En Los Pajaritos hay tanto paro que vender droga es una salida fácil para muchos jóvenes del barrio. Por supuesto, no lo justifico, pero lo entiendo». Juana García, su mujer, que participa con él en actividades solidarias, le dice que no con la cabeza: «Mi madre era muy pobre y a veces pedía fiado porque no podía pagar, pero nunca hizo nada ilegal y nos sacó a todos adelante. Ella nunca vendió droga. Hay que tener valores. Limpiar, o lo que sea, es una salida mejor», asegura.

Se calcula que entre treinta y cincuenta viviendas de las «calles del Infierno» se dedican a la venta y consumo de éxtasis, heroína, cocaína, hachís y marihuana, aunque no es fácil para los agentes entrar en ellas porque necesitan órdenes de registro y los delincuentes son expertos en hacer desaparecer las pruebas de su negocio. Para ello, cuentan la ayuda de un pequeño ejército de «aguadores», como los conocen en el barrio, que vigilan y avisan de la presencia policial para salir a tiempo. La Policía cree que hay bloques enteros dedicados al negocio de las drogas y sospecha también que algunos quioscos de chucherías les sirven de tapadera.

«La Policía debería estar paseándose todos los días por aquí, pero hace falta también que la Justicia funcione mejor -comenta Manuel Sánchez, el párroco-. Hace poco detuvieron a un clan de veinte personas y se notó en el barrio inmediatamente. Había veinte personas menos en la calle vendiendo drogas. Pero a la semana siguiente los soltaron y todo volvió a ser igual», se lamenta.

Algunos bloques de pisos de Los Pajaritos amenazan ruina
Algunos bloques de pisos de Los Pajaritos amenazan ruina

La droga es un cáncer y hay vecinos que se han encontrado en las escaleras de su bloque a algún joven o adulto pinchándose, aunque eso es infrecuente desde la proliferación de los narcopisos. Muchas madres como Rocío intentan controlar a sus hijos y el tiempo que pasan en la calle para evitar cualquier contacto con los vendedores. «Cuanto menos tiempo estén fuera de casa, mejor», dice. En Los Pajaritos los mayores quieren pisar la calle (y no pueden) mientras algunos jóvenes prefieren quedarse en casa. O no les dejan salir.

A esta madre de 37 años le gustaría irse a vivir a otro sitio porque tiene asma, como uno de sus hijos, «y hay muchas humedades en mi piso». También quiere irse «por el tema de la droga, aunque yo vivo en una calle bastante buena», cuenta a ABC. «Pero las malas están muy cerca», añade.

Fronteras invisibles

Las fronteras para el forastero son casi invisibles en Los Pajaritos, aunque todo el mundo que vive aquí las conoce y respeta, por la cuenta que le trae. «Calles buenas» que están separadas de «calles malas» por una plaza o una angosta revuelta. No hay costuras entre unas y otras y a cien metros de un bloque de narcopisos que amenaza ruina se levanta una moderna urbanización de viviendas soleadas con piscina y zonas ajardinadas que podría anunciarse en cualquier suplemento inmobiliario. Dos mundos casi antagónicos separados por una vía de servicio, un hilo muy fino que cualquiera podría recorrer en cada uno de los dos sentidos. La distancia entre el paraíso y el infierno cabe en un campo de fútbol.

Cuando entras en una zona «chunga», cambia el color y el olor de la calle, además del paisaje humano. Hay papeles y plásticos tirados en el suelo, a pesar de que Lipasam viene aquí a diario. «La gente del barrio no tiene dinero para drogarse pero aquí viene a hacerlo gente de toda Sevilla», se lamenta uno de los vecinos. Un chico desaliñado que deberían estar en el instituto o en plena jornada laboral sale de un cuchitril con gesto aturdido. Cerca, sentados en el suelo, se ven dos adultos de rostro somnoliento en los que comienza a hacer estragos la huella de su adicción. En el infierno huele a vinagre.

Gracita, de 89 años, en el salón de su casa
Gracita, de 89 años, en el salón de su casa - R.D.

En el Patio del Conde, uno de los más antiguos corrales de vecinos de Los Pajaritos, construido por el Patronato de las Casas Baratas en 1957, los vecinos convivían hasta hace pocos años en un espacio abierto y amistoso, pero todo eso es historia. Ahora se ven rejas y cancelas por todas partes que los vecinos se han visto obligados a poner para protegerse de la invasión de los clanes de la droga. En uno de los pisos acorazados vive Gracita, de 89 años, que lleva aquí desde que se casó. «En este barrio se ha estado bien hasta hace algunos años, cuando llegaron los malos», cuenta a ABC sentada en una butaca y tapada por una manta, en medio de un salón limpio y reluciente.

Esta anciana tiene suerte porque la cuida su hija Inma, a la que ayudan, por turnos, sus cinco hermanas. «Hay chavales muy buenos en el barrio pero los malos son más fuertes y se están adueñando de todo. Es una pena, pero esto está rematado», dice tras peinar a su madre.

Sito y Saray, el arquitecto y la pedagoga, confirman que los buenos del barrio, que aún son muchos, suelen salir huyendo en cuanto su situación económica se lo permite, aunque hay algunos que prefieren quedarse o venir aquí por las tardes para suplir con su esfuerzo y dedicación lo que no pueden hacer los desbordados servicios sociales municipales, apenas cinco personas para una población de veinte mil habitantes.

Esta joven pareja lleva el oratorio e imparte un programa actividades formativas, de ocio y deporte juvenil, principalmente futbito. «Somos monitores un poco de todo pero cuesta que los niños se apunten porque no les gusta comprometerse a nada. No están acostumbrados», cuenta ella. «A mí me han ayudado otras personas cuando era estudiante aquí y yo simplemente quiero devolver todo lo que recibí. Por eso nunca voy a dejar de venir», dice él.

Mentiras piadosas

Entre los jóvenes que se quedaron para tratar de cambiar las cosas está Francis Jiménez, responsable del CAPI (Centro Público de Acceso a Internet). Empezó en la asociación Candelaria con trece años de edad y dice que ahí nació su vocación de servicio. La presidió más tarde durante varios años y en 2014 se hizo cargo del centro de la red Guadalinfo, financiada por la Junta de Andalucía y la Diputación de Sevilla. Éste cuenta con casi tres mil usuarios e imparte formación en nuevas tecnologías para gente del barrio de todas las edades.

«Tratamos de romper la brecha digital del barrio y procuramos formar en gestión de correo electrónico y búsqueda de trabajo a través de nuevas tecnologías. Trabajamos mucho en la empleabilidad porque hay un 70 por ciento de paro y la mayoría de la gente tiene poca formación», comenta Francis a ABC.

Francis Jiménez, responsable del CAPI de Tres Barrios
Francis Jiménez, responsable del CAPI de Tres Barrios - R.D.

La elaboración de currículos profesionales es una de las actividades que realiza Francis y en muchos de ellos, por petición de los usuarios, se omite que el demandante de empleo vive en Los Pajaritos. «Si decimos que vivimos aquí, tenemos menos posibilidades de que nos cojan», comenta uno de ellos. También hay personas de 40 años que no saben leer ni escribir y que necesitan la ayuda de alguien para rellenar cualquier solicitud o impreso oficial. «Aquí hay mujeres que no han ido nunca al cine y chavales que jamás han salido del barrio», admite.

Francis se muestra optimista, pese a los problemas. «Creo que hay que quitar esa venda de los ojos para que todos los jóvenes de aquí se convenzan de que con cierta formación es posible salir del círculo de la pobreza. Nosotros somos de los Pajaritos y hemos salido de ese círculo, de modo que se puede hacer -comenta-. Mucha gente asocia el hecho de mejorar con irse de aquí y lo entiendo, pero si todo el que se forma y avanza, se va y se olvida, esto se va a convertir en una especie de gueto».

¿Y el inglés?

María José Herranz coordina la asociación juvenil Candelaria, que atiende a unos trescientos niños del barrio a los que proporciona refuerzo educativo y talleres formativos. Tiene 48 años y vive en la barriada de Santa Mónica, a pocos minutos de aquí. «La mayoría de los padres de aquí no tienen medios para pagarles nada a sus hijos. En otros barrios podrían tener actividades extraescolares por la tarde o una academia de inglés, pero aquí casi nadie puede hacer eso y en la asociación juvenil intentamos cubrir esa carencia», cuenta a ABC.

Los voluntarios de la asociación se hacen cargo de muchos niños que sin ellos estarían posiblemente en la calle, expuestos a distracciones y peligros. «A los que tienen ganas de estudiar y de aprender les podemos ayudar mucho», dice María José. En los Pajaritos hay dos centros públicos de educación primaria y uno concertado.

«Las carencias educativas son importantes y apenas hay recursos sociales, por lo que casi todos los menores de la zona están desperdigados por un montón de centros -añade-. Hay padres que no quieren que sus hijos estén en este ambiente y se los llevan a colegios de fuera».

Hay familias monoparentales, viudas y madres víctimas de violencia de género que han obligado a muchos abuelos a hacerse cargo de nietos. El mayor problema, no obstante, es no tener medios económicos, según María José Herranz. «Aquí somos expertos en sobrevivir y en pensar solo en el día siguiente y eso hace que la educación se convierta en algo a medio plazo», dice.

La línea que separa a estas personas que han caído en el hoyo de la indigencia de otros muchos sevillanos que viven en condiciones dignas es, a veces, sutil. «Conozco a muchas personas del barrio que durante mucho tiempo tuvieron un trabajo y que con la crisis lo perdieron y no volvieron a levantar cabeza -afirma la coordinadora de la asociación juvenil-. Si no tienes una familia que te pueda ayudar, te puedes ver así en poco tiempo. Incluso teniendo trabajo porque los sueldos son muy bajos y no te dan para vivir si tienes niños».

Dolores Tejada puso en marcha un taller de jabones con madres desempleadas
Dolores Tejada puso en marcha un taller de jabones con madres desempleadas - R.D.

Dolores Tejada (73) llegó aquí en 2012. Colabora con una asociación contra las drogas (Desal) y ha puesto en marcha un taller de jabón al que asisten mujeres desempleadas del barrio, que obtienen con su trabajo ingresos fundamentales para su supervivencia y la de sus familias. «Estamos viviendo en Los Pajaritos tres hermanas, Juani, Pepita y yo. Vine de Argentina y elegí Los Pajaritos porque eran los más pobres de los más pobres -cuenta-. Empecé con un grupo de treinta mujeres enseñándoles formación, corte y confección; más tarde, creamos en una estancia de la parroquia el taller de jabón. Vendemos jabón de lavadora, multiuso, jabones naturales, champú y gel de baño y algunos domingos vamos a las parroquias del centro y el dinero que obtenemos se reparte entre las mujeres que trabajan en el taller». Ya han recibido pedidos desde ciudades como Valencia y esperan que más personas del barrio puedan beneficiarse de esta actividad.

Al cine por primera vez

Esta voluntaria ayuda también a familias rotas por las drogas. «Hay muchas madres con hijos drogadictos o presos en la cárcel y que están de los nervios. Se hacen talleres y charlas de formación para tranquilizarlas y pasar un poco el sufrimiento que tienen». Entre esas actividades se incluye ir al cine. «Muchas no han ido nunca y se ponen como locas», sonríe.

Carmen Ruiz, de 71 años, se ha venido a vivir a Los Pajaritos junto con otras compañeras de la pastoral de la salud. Son voluntarias de Cáritas y atienden principalmente a mayores. «Intentamos suplir lo que corresponde a la ley de dependencia porque muchos llevan años esperando que le concedan esta ayuda a domicilio que nosotros le prestamos», cuenta. Sus compañeras y ella les llevan comida, si la necesitan, y para ello cuentan con el apoyo de la Diócesis de Sevilla, que destina mensualmente unos 20.000 euros a socorrer necesidades urgentes en esta zona de Sevilla en la que no abundan precisamente los católicos.

Ese dinero se emplea en alimentos y otras cosas, entre ellas, ropa para las personas necesitadas. Ángeles Arque, de 54 años, es la voluntaria que lleva el ropero de la Candelaria. Vive aquí desde hace medio siglo y cuida de sus padres y de su suegra. Ahora ha vuelto a estudiar para sacarse el graduado escolar (ESA) y, seguir luego avanzando en su formación. Ella es un ejemplo de superación pero su mayor preocupación es ahora la gente del barrio que no tiene nada: «Hay muchísima necesidad y atendemos a mucha gente que no es católica sino musulmana», reconoce.

Carmen Ruizy Mercedes Maya, voluntarias
Carmen Ruizy Mercedes Maya, voluntarias - R.D.

Mercedes Maya, 58 años, es una voluntaria laica de Cáritas que ayuda a mejorar la formación de las mujeres del barrio con talleres de cocina, salud infantil, cálculo y organización del hogar. La mayoría de estas mujeres, madres de niños pequeños, carecen de ingresos y de formación pero tienen muchas ganas de salir de la situación en la que están. «Quieren demostrar que ellas pueden trabajar y nosotros las formamos y les damos ese empujoncito que le hace falta», dice.

Profesores «quemados»

Si las sombras de Los Pajaritos son la droga y el desempleo, las luces son las asociaciones, la plataforma ciudadana y la parroquia, junto a sus tres colegios. Ser profesor aquí, no obstante, resulta un oficio de riesgo y el número de bajas laborales por ansiedad o depresión de quienes trabajan en esta zona es también más elevado. «Aquí sólo se puede sobrevivir si la docencia es tu vocación», comenta Elvira Galán, que lleva 34 años dando clases en el colegio SAFA-Blanca Paloma. «Intentamos que el colegio sea un pequeño oasis donde el niño esté a gusto: enseñamos conocimientos pero sobre todo valores, el valor del esfuerzo, del trabajo, de conseguir algo, de romper ese círculo de pobreza espiritual, humana y económica en el que muchos viven», añade.

Elvira Galán da clases en el colegio SAFA-Sagrada Familia desde hace 34 años
Elvira Galán da clases en el colegio SAFA-Sagrada Familia desde hace 34 años - R.D.

Uno de los problemas a los que se enfrentan los profesores es la baja autoestima de muchos alumnos, debido al ambiente familiar en el que viven y se desarrollan. «Muchos padres no le ven la utilidad a estudiar y les preguntan a sus hijos para qué van al colegio -cuenta esta profesora, que dirigió el SAFA-Blanca Paloma durante siete años. Y añade: «La pobreza es real, auténtica, y el corto plazo lo domina todo».

Para garantizar esa supervivencia y facilitar el proceso de aprendizaje, los colegios de la zona tratan de darles tres comidas a sus alumnos. «Hemos conseguido un comedor y les damos desayuno, almuerzo y merienda», cuenta.

El primer objetivo de cualquier colegio es que el mayor número de alumnos acabe sus estudios y en Los Pajaritos también lo es, aunque saben que aquí no es como en cualquier otro barrio de Sevilla. «Son pocos aún los que siguen estudiando tras la ESO pero tenemos que perseverar. Necesitamos más refuerzos porque el contexto de paro y de droga dificulta mucho la educación. La profesora es la madre, la abuela, la psicóloga. Hay que ser muchas cosas con el niño para que él se lo crea», asegura Galán.

Conseguir que ocho alumnos logren el graduado escolar y continúen el bachillerato se considera un logro. El barrio también ha retrocedido en esto porque hace dos décadas la mitad de los alumnos solía acabar el bachillerato. Ahora muchos se quedan por el camino: «Hay antiguos alumnos que con mucha tenacidad y fuerza de voluntad lograron formarse y conseguir un buen trabajo. Los que lo consiguen son para mí casi unos héroes», dice esta profesora.

Lucía Mejías, profesora en Safa-Blanca Paloma, es una de esas heroínas. Estudió en ese colegio, acabó el bachillerato e hizo la carrera de Educación Infantil y Primaria y un master en Logopedia. «Cuando yo estudiaba aquí, había mucha gente buena en el barrio y hoy también la hay, pero es verdad que se ha metido gente mala, de fuera, que ha alterado la convivencia», comenta.

Lucía Mejías estudió en Los Pajaritos y ahora es profesora allí
Lucía Mejías estudió en Los Pajaritos y ahora es profesora allí - ABC

Lucía llega a menudo estresada a su casa, pero dice que no cambiaría su colegio por otro más cómodo en ningún otro barrio de la ciudad. «Aquí ayudamos más que en otros colegios a los alumnos, aunque a veces nos saquen de quicio. Es gratificante», dice a ABC.

A esta profesora le ha valido la pasión que hay en los Pajaritos por el flamenco y por la música para organizar un coro de alumnos que ha cantado en el colegio de los Padres Blancos y el Corte Inglés. Lucía ha cantado con ellos villancicos «y todos se portaron muy bien», cuenta.

El empresario de éxito

Con algunos años más en el DNI que Lucía, Francisco Ortiz recuerda que cuando vivía y estudiaba en Los Pajaritos, allá por los años setenta, apenas había calles, sólo barro, y que delante de algunas casas los vecinos tenían que echar albero por su cuenta, que luego se fue extendiendo antes de que el Ayuntamiento decidió asfaltarla. Hijo de un obrero de la Cruz del Campo, Francisco Ortiz recuerda que decían «ir a Sevilla» cuando cogían el 20 para llegar al centro de la ciudad.

«Estoy muy orgulloso de haber nacido y de haberme criado en este barrio, es algo que llevo a gala y de lo que presumo en todas mis charlas y conferencias porque allí aprendí a mirar a la gente a la cara y a agudizar el ingenio por la necesidad. La amistad era verdadera porque no teníamos nada en los bolsillos», comenta a ABC.

Ortiz, que con 12 años obtenía sus primeros ingresos intercambiando tebeos, puede presumir también de haber fundado varias empresas, entre ellas, Xtraice, líder mundial en la construcción de pistas de hielo sintético y presente en noventa países. El suyo es el triunfo de la constancia y del trabajo. «En Los Pajaritos desarrollé mis inquietudes sociales a través de las Juventudes Obreras Cristianas, aunque no fue por creencias religiosas sino porque desde donde más se podía ayudar a la gente era desde la Iglesia y las asociaciones cívicas», comenta.

En eso, y en la falta de ascensores, no sólo los de las viviendas, Los Pajaritos no ha cambiado mucho.