San Fermín de Amiens
San Fermín de Amiens - ABC

San FermínLa historia detrás de San Fermín, el romano que pagó con su vida la defensa del cristianismo

La leyenda, hoy puesta en duda, del santo que da nombre a la popular festividad pamplonesa de los Sanfermines

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«A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición // Entzun arren San Fermin, zu zaitugu patroi, zuzendu gure oinak, entzierro hontan otoi // ¡Viva San Fermín! // Gora San Fermin!», entonan a capela los cientos de corredores que se agolpan en la cuesta de Santo Domingo antes de cada encierro. El cántico, dirigido a la hornacina en la que se ubica el santo, funciona como plegaria -repetida tres veces- buscando la protección de San Fermíndurante los 875 metros que conforman el recorrido hasta el coso taurino de Pamplona.

Del 6 de julio, cuando es lanzado el «chupinazo» en la Plaza del Ayuntamiento, al 14 del mismo mes, miles de turistas, propios y foráneos, acuden cada año a la capital de Navarra. Todo el mundo en España vive los Sanferminesin situ, los sigue a través de televisión o, al menos, tiene constancia de su celebración, pero no tantos conocen la historia del beato que da nombre a tan archiconocidas fiestas.

San Saturnino
San Saturnino - ABC

Nacido en Pompaelo en el siglo III, era hijo de Firmo -Firmus-, un alto cargo de la administración romana de Pamplona que vivió en tiempos de los emperadores Diocleciano y Maximiano, y Eugenia. La familia, convertida al cristianismo tras ser bautizados por el misionero Saturnino de Tolosa en un lugar hoy conocido como «pocico de San Cernín» (al contrario de lo que pudiera pensarse, San Saturnino es el patrón de Pamplona y no San Fermín, quien ostenta el copatronazgo de la Comunidad Foral junto a San Francisco Javier), confió la educación de su heredero al presbítero Honesto de Nimes, quien, según la tradición, llegó a la ciudad con una misión evangelizadora.

Bajo la tutela de Honesto, Fermín se formó en la religión y la predicación, la cual ejerció a una edad temprana. Cuenta la leyenda que su mentor lo envió a la Galia -actual Francia- para proseguir con su aprendizaje y encargó al arzobispo de Toulouse que lo ordenase sacerdote para poder propagar la fe cristiana. Por cortesía de Honorato, prelado de la ciudad, Fermín fue, ya, consagrado obispo a los 24 años y regresó a Pamplona con una función de evangelización.

Poco más de un lustro después, el novicio vástago de la Iglesia cruzó, de nuevo, los Pirineos. Atendiendo al mito, pudo pasar por Agén -región de Nueva Aquitania-, Auvernia o Anjou antes de asentarse en Amiens. En esta norteña urbe de lo que ahora se conoce como Alta Francia, Fermín logró una elevada cuantía de conversiones al tiempo que se granjeó la antipatía y enemistad de las autoridades contrarias al cristianismo. Tras ser detenido y pasar por la cárcel, este ínclito nombre del santoral sufrió la pena capital de la decapitación un 25 de septiembre, fecha en la que se recuerda su martirio.

Del mito a la realidad

La leyenda de San Fermín emergió alrededor del siglo IX en la localidad de Amiens y se contagió a la capital navarra tres centurias más tarde, cuando el arzobispo Pedro de París, en 1186, trajo una reliquia que fue depositada en el altar de la catedral de Pamplona. Sin embargo, para muchos especialistas en la materia carece de rigor. Diversas investigaciones en los años 70 dieron constancia de la inconsistencia de la quimera y abrieron un camino después abonado por el historiador y etnógrafo José María Jimeno Jurío. Finalmente, el especializado estudio desarrollado por su hijo Roldán Jimeno Aranguren, el cual es parte de su tesis doctoral, termina por dar luz a la incoherencia.

Las crónicas de la época fueron construyendo un mito pamplonés que adornaron hasta el punto de modificar la tradición originaria de Amiens, que ubicaba en el siglo III la evangelización de Navarra y no en el I como hicieran los primeros. Pero, a pesar de carecer de base histórica, tanto en Pamplona como en Amiens se sigue rindiendo culto a este santo que despierta gran fervor entre sus acólitos.

Y es que es común en la hagiografía la aparición de santos apócrifos. No obstante, manipulada o exagerada, más o menos fiel con la realidad, es indudable que la historia de San Fermín ha configurado un notable icono. Creyentes y no creyentes se congregan en las fiestas a las que da nombre y la devoción de las gentes es palpable y notoria. Quizás, sea esto lo que de verdad cuente.