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«Pesadilla en la cocina» La desagradable sorpresa de una clienta en el último desafío de Chicote

La comida del «Olé» no es de buena calidad y los camareros viven en una guerra abierta difícil de controlar

El equipo de «Olé» no es capaz de coordinarse para sacar adelante el negocio
El equipo de «Olé» no es capaz de coordinarse para sacar adelante el negocio - LA SEXTA
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Un restaurante andaluz en pleno corazón de Pamplona: esta es la nueva pesadilla de Alberto Chicote. A simple vista, y a pesar de no ser lo más «tradicional», podría funcionar. Sin embargo, el restaurante «Olé» es mucho más. Es un negocio muy particular en el que desentonan muchas cosas: su patio andaluz en pleno casco histórico de la ciudad de los San Fermines, su comida, el extraño malestar que se respira en el ambiente... Por desentonar, desentonan hasta las desoladoras rancheras con las que se amenizan los servicios de este, no olvidemos, restaurante andaluz.

El «Olé» es el restaurante de un empresario de la noche que «cambió los platos de pinchar discos por los de servir». Sin embargo, la aventura le está saliendo algo cara. Aunque su local está en pleno centro de Pamplona, lugar del emblemático chupinazo y ubicación de oro para un negocio de hostelería, el «Olé» solo genera pérdidas y su dueño no sabe por qué. Iosu, el dueño del local, está ya quemado de quedarse horas y horas en el restaurante y no ver cómo sale adelante: «Casi he perdido a mi mujer y apenas veo a mi hijo por el negocio...Renuncio a muchas cosas por estar aquí: a salir a dar una vuelta, irme a la playa...».

Alberto Chicote y «Pesadilla en la cocina» viajan por primera vez a Pamplona para descubrir cuál es el verdadero problema del «Olé». Optimista e inexperto, su dueño no ve lo que para muchos es evidente: la decoración andaluza en un lugar nada andaluz no concuerda; las rancheras que se cantan en directo tampoco hacen que el público se sienta muy integrado en el entorno; el servicio se equivoca constantemente, la carta no es precisamente exquisita… Y para rematarlo, existe una guerra abierta entre los empleados y entre los empleados con el dueño que provoca diariamente un ambiente enrarecido difícil de soportar. Gritos, insultos y malos modos son el día a día de una cocina y un salón que, de seguir así, terminará por cerrar más pronto que tarde.

El ambiente es irrespirable en la cocina y en la barra del restaurante. Aunque Iosu quiso venderle a Chicote que todos allí se llevaban a las mil maravillas, el chef pronto se dio cuenta de que eso no era así. Los dos encargados de atender y servir a las mesas se llevan a matar, siendo comunes las amenazas y los insultos entre ellos: «Al enano de mierda este lo voy a colgar por los huevos en el ayuntamiento», «si este restaurante fuese mío tú ya estarías en la puta calle»...

Además, al «Olé» le falta mucha organización y le sobra suciedad. Buena parte de la comida es congelada y ante las cámaras del programa una clienta ha encontrado un pelo en un plato y otra algo mucho más desagradable: una larva de gusano en una ensalada. Con estos antecedentes el desafío de Alberto Chicote no fue nada sencillo. El chef tuvo que hacerle ver al dueño del «Olé» lo que él por sí mismo no es capaz de ver. Solo así se podrá poner la primera piedra para que el resto del camino sea más llevadero y, sobre todo, más profesional. La mano de Chicote tardó en notarse en el funcionamiento del «Olé», pues pese al cambio de la carta, la remodelación del local y las arengas del chef no bastaron para conseguir lo principal: cohesionar al equipo del restaurante.

Tras mucho insistir y casi dejarse la voz en la cocina del «Olé», rebautizado como «Maltea», Chicote consigue ver en los miembros del equipo el cambio de actitud que buscaba, estando Iosu eternamente agradecido por su trabajo. «Por fin el propietario de este local ha aprendido que tiene que dirigir él su negocio, y nadie más».