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A por Fran Rivera: le aplicaron la pena de literalidad

No es admisible la reacción que se produjo en internet

Fran Rivera
Fran Rivera - a3
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No conozco a Fran Rivera, no soy aficionado a los toros, y además hoy quería hablar de esa estupenda serie que es «Chernóbil», pero a veces la columna adquiere una necesidad terapéutica para quien la escribe.

Comentaban esta semana en «Espejo Público» el suicidio de la trabajadora de Iveco y Susanna Griso pasó la palabra a Rivera, que está de tertuliano. Lo que dijo me pareció razonable y bienintencionado. Llamó «sabandijas», «asquerosos» y «malnacidos», incluso «no hombres» a los que difundieron el vídeo, y aclaró que la víctima era la mujer, que no tenía culpa alguna, pero además quiso, en su condición de padre de una joven, insistir en lo peligroso de esos vídeos, en los riesgos que corre quien los envía. La razón que dio fue, irónicamente, la de las feministas más conspicuas: la naturaleza de los hombres. «Los hombres no somos capaces de no enseñar un vídeo así». Generalizaba, y lo sabemos porque pagaba el precio incluyéndose en la generalización. Rivera no es Demóstenes, no sabe protegerse al hablar, pero solo faltando a la verdad se podía sostener que invertía la culpa. Su mensaje se parecía más al de las campañas de concienciación sobre el uso responsable de la tecnología.

Por eso no es admisible la reacción que se produjo en internet, donde le sometieron a una pena de literalidad. Como es torero, poco «moderno», y por tanto objetivo fácil, escogieron esa frase, la aislaron para que resultara tan deformable como una imagen y empezaron a desfilar los ínclitos de la superioridad moral: actores concienciados, aliados con o sin Goya, feministas con cargo o aspirando a ello, los periodistas glandulares que no dejan escapar una víctima, los columnistas virtuosos, y hasta el pianista hispanista, que informó de que sus palabras habían llegado a la BBC. Eran personas relevantes que en algunos casos hasta le insultaban.

John Cleese los definió bien esta semana: personas que revolotean esperando ansiosamente que alguien las ofenda, siempre, por supuesto, en nombre de un tercero. Añadiría yo modestamente que con la intención de extraer, de la ola de indignación, un cierto beneficio. Carroñeros «cuquis» en auténticas campañas de acoso en las que ellos posan como campeones morales.