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Félix Rodríguez de la Fuente: El primer ecologista en televisión

El naturalista y divulgador burgalés hubiese cumplido 90 años este 14 de marzo

Félix Rodríguez de la Fuente durante el rodaje de «El Hombre y la Tierra»
Félix Rodríguez de la Fuente durante el rodaje de «El Hombre y la Tierra» - ABC
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La biografía de Félix Rodríguez de la Fuente presenta una macabra coincidencia entre la fecha de su nacimiento y la de su muerte. Este 14 de marzo el naturalista burgalés hubiese celebrado su noventa cumpleaños junto a sus hijas, que sin embargo lloran el aniversario de la muerte de su padre en un accidente aéreo en Alaska, adonde había viajado para grabar una carrera de trineos hace ahora 38 años. «¡Qué lugar más hermoso para morir!», se cuenta que dijo poco antes de que su avioneta cayese sobre Shaktoolik, un poblado inuit a veinte kilómetros del Mar de Bering.

Pero Félix Rodríguez de la Fuente fue una persona atípica por otras muchísimas cosas. Nació en una familia acomodada de Poza de la Sal (Burgos), en una casa llena de libros y con unos padres cultos y muy preocupados por la educación de sus hijos. Tanto era así que el niño Félix no pisó la escuela hasta cumplidos los diez años. Su primera década de vida la pasó en la biblioteca familiar, recibiendo clases de su padre, notario de profesión, y saliendo con él a caminar por los parajes cercanos al pueblo.

Aunque se licenció en Medicina por la Universidad de Valladolid, su inteligencia nunca se contentó con la reglamentación académica y casi todo lo que sabía lo aprendió de forma autodidacta, mediante la lectura y la observación. Rodríguez de la Fuente hablaba y escribía en un castellano impecable, magnético y diáfano que hizo de él uno de los divulgadores científicos más conocidos en el mundo entero. Su «Enciclopedia Salvat de la Fauna» fue traducida a más de quince lenguas y sus programas y documentales fueron premiados en festivales internacionales.

En España es recordado por «El Hombre y la Tierra», el programa que dirigió para Televisión Española entre 1973 y 1980. A lo largo de 124 capítulos, Rodríguez de la Fuente acercó a los espectadores el ecosistema de la Península Ibérica, Venezuela, el Amazonas, Canadá y Alaska. Trabajaba con una paciencia minuciosa, sin prisas, hasta el punto de haberse pasado cuatro años siguiendo a una manada de lobos para grabar un documental de apenas treinta minutos.

A pesar de haber sido un rostro omnipresente en los televisores españoles durante décadas, Rodríguez de la Fuente no tenía nada que ver con un personaje de la farándula televisiva. Dedicó varios años de su vida a desempolvar libros medievales para resucitar el arte de la cetrería en España, una práctica extinguida siglos atrás y que para de la Fuente significaba «la primera vez en que el hombre no sometió al animal al yugo y al látigo». En 1962 el gobierno español le encomendó capturar dos halcones peregrinos y viajar a Arabia Saudí para ofrecérselos como regalo al rey Saud.

Además de águilas, azores y gavilanes, Rodríguez de la Fuente pasó mucho tiempo junto a los lobos, un animal odiado y perseguido que el naturalista logró domesticar. En una serie de reportajes publicados en ABC, de la Fuente cuenta cómo logró convertirse en el líder de una manada de lobos con la intención de desmontar el supuesto mito de la agresividad del lobo. Su experimento fue sin duda importante, pero las conclusiones que de él quiso extraer fueron muy discutidas y le hicieron ganarse acusaciones de manipulación.

Se apuntó también a la defensa del lince, del oso ibérico y del águila imperial; de las dunas de El Saler, el Parque de Doñana, las Tablas de Daimiel y la laguna de Gallocanta. Su intervención fue decisiva para acabar con las Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza y se cuenta entre los impulsores del Fondo Mundial para la Naturaleza en nuestro país. Félix Rodríguez de la Fuente es uno de los activistas ecologistas más precoces en España, además del responsable de despertar la conciencia ecológica y el respeto a la naturaleza en buena parte de sus compatriotas.

Félix Rodríguez de la Fuente era un nostálgico de épocas ya muy olvidadas por la humanidad. Hubiese querido vivir en una comunidad pequeña, basada en el cooperativismo y con estrechos vínculos con la naturaleza, saliendo a cazar y recogiendo fruta. Para de la Fuente, el ser humano alcanzó la cima de su felicidad en el paleolítico superior, cuando se pintaron las cuevas de Altamira. Luego llegó la decadencia, pues «la entrada del neolítico es la del abuso y la del sojuzgamiento, y en ella seguimos inadaptados». Nunca se cansó de criticar la vida urbana, el crecimiento ilimitado y la destrucción del medio ambiente. La estatua erigida en su memoria en el lugar del accidente fue derribada para construir una carretera.