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«Chester» El inquietante relato de Antonio Pampliega sobre su secuestro en Siria

Los periodistas María Teresa Campos y Antonio Pampliega estrenan este domingo la nueva temporada de «Chester»

Antonio Pampliega, en el plató de «Chester»
Antonio Pampliega, en el plató de «Chester» - MEDIASET
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¿A quién no le han fallado las piernas, el pulso o la voz? El fotoperiodista Antonio Pampliega fue el segundo invitado de Risto Mejide en «Chester» para hablar del miedo y contar las situaciones capaces de aterrorizar al más valiente que ha vivido. Y, sin embargo, él las ha superado con estoicismo y fuerza de voluntad. Tras padecer 299 días de cautiverio en manos de Al Qaeda, su historia es completamente sobrecogedora. «Es como los secuestros que has visto por televisión. Malos tratos. Vejaciones y lo que conlleva estar en manos de gente que considera que eres un espía». Sin embargo, no fue así durante todo el cautiverio.

Pampliega ya había viajado hasta en once veces a Siria, pero esa vez sabía que algo saldría mal: «Lo presentía». Su guía no era el de siempre, aunque Osama había trabajado con una compañera de Pampliega de un medio español. «Me dijo que tenía buenos contactos, hablaba buen inglés y había buen feeling», cuenta. Todo parecía normal hasta que el conductor un gesto que, en el momento, pasó desapercibido para Pampliega y sus dos compañeros, José Manuel López y Ángel Sastre. «Paramos en una esquina y el conductor sacó la cabeza fuera. Poco después, seis hombres armados, vestidos de yihadistas, nos encañonaron. En ese momento, se te pasa por la cabeza que estás muerto porque no sabes quién te ha secuestrado. El miedo era que te hubiese secuestrado Estado Islámico», cuenta.

No fue el Estado Islámico, por suerte. Tras un trayecto de poco más de una hora (y en silencio) llegan a una casa. «Al llegar nos dieron de cenar, pero era lo último que nos apetecía…», recuerda. Intentaron juntar las ideas para saber quiénes les habían secuestrado, pero no conseguían averiguarlo. «Nos dejaban la puerta abierta. Lo único que estaba cerrado es la puerta que daba a la calle y las ventanas estaban rejadas», cuenta. Incluso le decían los resultados del Real Madrid y les permitía jugar a juegos de mesa con ellos.

Todo cambió cuando llegó una carta de un militar español. «Decía que era miembro del Gobierno español y que iba a hacer todo lo posible para rescatarnos, pero me escribía solo a mí». Para comprobar que quién le contestaba, el alferez le pidió que le contestara en dónde y de qué trabaja una amiga suya. Ahí llegó el malentendido: «Mi amiga trabaja de enfermera, nurse en inglés, y el grupo de los secuestradores se llamaba 'nursa'. Se pensaban que era un espía». Y empezaron a tratarle como tal. El día 95 le separan de sus compañeros. «Comienzan las vejaciones y los malos tratos. En ese momento, Son todos los días igual. Da igual que sea martes, sábado; octubre, diciembre. Todo igual. Cuando estás solo, te lo tienes que comer tú», recuerda mientras cuenta que fue consciente de qué día era en todo momento. «Me perdí el 18 cumpleaños de mi hermana», dice. Pero también se perdió Navidad: «Canté villancicos cuando se acercó esa fecha».

Pampliega ha pensado mucho sobre lo que vivió durante su cautiverio y en el objetivo de sus captores. Qué buscaban, qué querían. «Su objetivo es intimidar. Que el miedo influya para que te plantes contra ellos (…) Porque en el momento que pierdas miedo y les mires a los ojos ya saben que lo has perdido todo, que te da igual huir y hacerles frente». Sin embargo, cuando sus miedos son vencidos… quedan los miedos de los demás. «Cuando mataron a mi amigo Jim Foley, mi madre empieza a pensar que a su hijo le puede pasar. Ella me confesó antes del secuestro que subía todas las noches el teléfono inalámbrico a casa esperando esa llamada que confirmarse el secuestro». Hasta que esa llamada llegó.

Durante ese cautiverio, Pampliega pensó en la forma «fácil» de acabarlo. «La salida más fácil es quitarte la vida. Tuve esas cuchillas conmigo un par de semanas hasta que dije ‘hasta aquí’. Y lo intentas, pero no lo terminas. Durante cinco meses me estuve preparando. Hablé todos los días con Dios, Alá, Buda, llámale como quieras...». Tras 299 días, llegó el momento del deselance, el momento que cerraría la historia. «Speak English –uno de los secuestradores– llevaba el logo del Estado Islámico. Era el momento que llevaba esperando 299 días. Me metan en una furgoneta. Iba hablando con Dios y le pedía que sea rápido, que no me duela. Se detiene, te sacan a trompicones. Ahí ves a tus amigos, con unas barbas y unos pelos… Dices, o nos venden o nos matan o nos liberan. Fue lo tercero. Ellos ya había conseguido lo que querían», confiesa mientras asegura que sigue sin saber qué buscaban los secuestradores.

Jamás pensó que iba a aguantar un secuestro, jamás se imagió que iba a estar 204 días solo, pero los aguantó. «Lo peor ha sido la soledad. Nadie se merece estar solo». Pese a lo que puedas pensar, el momento más complicado para Pampliega fue el de su liberación. «Cuando llegué a Turquía me dijero "tienes que llamar a casa", y llamas. Y escuchas a tu madre al otro lado». Sus primeras palabras fueron: «Lo siento». «No lo sientas, hijo», contestó su madre.

Para completar la historia, entró en plató Alejandra, su hermana y «su faro en la oscuridad», para contar cómo vivió ella el secuestro de su hermano mayor cuando apenas tenía 17 años. «Empezaron a llamar a mi otro hermano, él se iba de la habitación para que yo no lo escuchara. «Habían encontrado el DNI, pero no lo encontraban. No sabían si estaban huyendo o si os había secuestrado. No me lo podía creer. De hecho, te escribí una carta despidiendote de ti; pero la rompí. ¿Cómo podía tener una carta diciendote adiós si quería que volvieras?», relata su hermana.

Después de aquello, de salir del pozo, toca volver a vivir: «Yo entiendo que se pueda tener miedo a atentados yihadistas como los de París, Manchester, Londres… Pero es lo que quieren. Que vivamos con miedo. Quieren rompernos nuestro modus vivendi. No hay que vivir con miedo».