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La pantalla amnésica

Jorge Berrocal reapareció en televisión tras dieciocho años para reclamar la fama que se le debía

Jorge Berrocal en el plató de «Chester»
Jorge Berrocal en el plató de «Chester» - CUATRO
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El domingo pasado por la noche, pocas horas antes de que a Juan Cueto se lo llevase la muerte, volvió a salir en la tele Jorge Berrocal. Llevaba años desaparecido, desde que quedó quinto por la cola en la primera edición de «Gran Hermano». Pues el domingo se dejó ver y se hizo oír en el programa de Risto, que entrevistaba a Jesús Vázquez, para reclamar la fama que se le debía por haber participado en un reality hace dieciocho años. Juan Cueto tuvo que verlo en diferido desde no se sabe dónde y seguro que se descojonó como dicen que se descojonaba de casi todo.

Para Cueto lo que distinguía a la televisión del resto de medios y mensajes culturales era la amnesia: la pequeña pantalla no recuerda nada. Eso la hacía aún más interesante a sus ojos, porque la televisión prescinde del «mito de los orígenes, el rito de la nostalgia y el hito del recuerdo» que, a su entender, amordaza la «alta cultura». Y por eso Cueto se habrá descojonado de Berrocal, de su ingenua pretensión de exigir memoria en un medio creado para el olvido instantáneo.

Además, a Cueto, que fue por cierto quien inventó la crítica televisiva en España, no le gustaba nada la telebasura en la que intentó abrevar Berrocal. Jesús Vázquez, en el sofá de «Chester», dijo que no sabía lo que era la telebasura. Cueto pensaba que «no hace falta definir la telebasura porque salta a la vista: lo mismo que distinguimos sin teorías filosóficas complicadas la geometría redonda de la picuda», pero su maestro Gustavo Bueno prefirió escribir un tratado para aclararse las cosas («Telebasura y democracia», 299 páginas). El filósofo, cascarrabias como era, venía a recordarnos que es hipócrita defender la democracia y atacar la telebasura, pues la una y la otra son al fin y al cabo un mercado de audiencias.

«No todo vale si lo sanciona el audímetro» replicaba Cueto, pero sería un error pensar que fue un pudibundo supervisor de la moral pública. Estos días le recordaban muchos obituarios y todos lo presentaban como el tipo que le abrió las puertas a la modernidad en España, alguien que afrontaba el porvenir con serenidad y renegaba de los agoreros y los catastrofistas que siempre están mirando por el retrovisor de la historia. Cueto abrazó las novedades con confianza, entre ellas la tele, y nunca dejó de criticar a la cofradía del «cineclub de la hostia y el martillo» que abjuraba de la pequeña pantalla. Él sabía que la televisión había llegado para quedarse, y que lo más razonable era tomárselo recordando aquel adagio de Spinoza que seguro que le gustaba mucho: «No reírse, no burlarse ni detestar sino entender». Pero de Jorge Berrocal sí que tuvo que reírse un poco.