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La verdadera historia sobre Pocahontas que Inglaterra le robó a España

El marino británico John Smith se habría apropiado de la historia de amor y el sufrimiento del andaluz Juan Ortiz, al que el cacique indio Hirrihigua intentó quemar vivo y matar a flechazos

Representación de Pocahontas salvando a John Smith, expuesto en la Biblioteca del Congreso de EE.UU.
Representación de Pocahontas salvando a John Smith, expuesto en la Biblioteca del Congreso de EE.UU.
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Ni Pocahontas jugaba con un mapache llamado Miko ni con Flit, el colibrí. Tampoco, pese al empeño de Disney o Terrence Malick en vender su historia como algo inédito, fue la primera nativa en salvar a un europeo de la muerte. Por no llamarse, la mítica india no se llamaba ni siquiera Pocahontas –apodo que significa «traviesa»–, sino Matoaka, hija del jefe Powhatan. Y su historia de amor con el conquistador británico John Smith, el héroe conciliador que retratan los americanos, es una interpretación libre de las crónicas del inglés. Aunque hay evidencias de la existencia de ambos, no sucede lo mismo con la épica mostrada en el relato del colonizador, que muchos historiadores califican de «exagerado», sobre todo por su parecido a unas aventuras anteriores. Unas, de hecho, protagonizadas por España, que en lo referente a América se anticipó a Inglaterra en todo, hasta en las grandes hazañas.

Disney, experto en idear el bondadoso reverso de los cuentos clásicos de los hermanos Grimm blanqueando la historia original, endulzó el hipotético encuentro de Pocahontas y ese Smith que estableció Jamestown como el primer asentamiento británico en 1607. Y se olvidó de un joven español llamado Juan Ortiz, supuesto germen del relato del soldado y marino inglés, que algunos historiadores sospechan se inspiró en las crónicas sobre el cautiverio del sevillano en Florida a principios del siglo XVI –cuando Smith ni siquiera había nacido– para escribir otra versión protagonizada por sí mismo.

Mozo sevillano enrolado en la expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida, cuenta José María González Ochoa en la entrada que le dedica en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, que Ortiz fue uno de los pocos supervivientes del naufragio (1528) que no se unió al grupo de Núñez Cabeza de Vaca y que cayó prisionero de los indios durante más de una década, tiempo en el que «aprendió sus lenguas, ritos y los acompañó en sus largos viajes de nómadas. Terminó viviendo como uno más hasta que en 1539 fue rescatado por la expedición de Hernando de Soto a La Florida.

Retrato de John Smith
Retrato de John Smith

Según las crónicas de John Smith, el inglés fue salvado por la hija mayor del jefe de la confederación algonquina en Virginia cuando, maniatado y extendido en el suelo a punto de recibir un mazazo en el cráneo, Matoaka se interpuso entre la muerte y él. Una historia que recuerda demasiado a la protagonizada casi un siglo antes por el español Juan Ortiz, al que la hija del jefe de la tribu de los Tocobaga, localizada en Uzita –en la zona de Tampa donde varias expediciones españolas desembarcaron en el siglo XVI–, libró también de la muerte. Primero, evitó que fuese quemado en una parrilla, que le dejó unas horribles cicatrices de por vida; más tarde le salvó de ser sacrificado a los dioses y, al final, lo envió a la tribu rival de los Timucua, liderada por Mucozo, después de que su tirano padre quisiese matarlo asaeteado.

El confinamiento de Ortiz, al que llama «el christiano cautivo», fascinó al Inca Garcilaso de la Vega, que desarrolló su reclusión en cinco episodios del Libro Segundo de «La Florida del Inca», publicada en 1605, antes de que John Smith se sumase a la compañía londinense que planeaba colonizar Virginia y arribase sobre el cabo Henry.

Ilustración de 1858 en la que la princesa Hirrihigua suplica por la vida de Juan Ortiz
Ilustración de 1858 en la que la princesa Hirrihigua suplica por la vida de Juan Ortiz

«...no desconfíes de mí, ni desesperes de tu vida, ni temas que yo deje de hacer todo lo que pudiere por dártela, si eres hombre y tienes ánimo para huirte, yo te daré favor y socorro para que te escapes, y te pongas en salvo. Esta noche que viene a tal hora y en tal parte hallarás un indio, de quien fío tu salud y la mía; el cual te guiará hasta un puente que está a dos leguas de aquí. Llegando a él, le mandarás que no pase adelante, sino que se vuelva al pueblo antes que amanezca, porque no le echen de menos y se sepa mi atrevimiento y el suyo, y por haberte hecho bien, a él y a mí nos venga mal. Seis leguas más allá del puente está un pueblo, cuyo señor me quiere bien y desea casarse conmigo, llámase Mucozo, dirásle de mi parte que yo te envío a él para que en esta necesidad te socorra y favorezca, como quien es. Yo sé que hará por ti todo lo que pudiere como verás. Encomiéndate a tu Dios, que yo no puedo hacer más en tu favor», recoge el Inca Garcilaso de la Vega que le dijo la princesa Hirrihigua al despedirse.

«Si Ortiz se salvó de ser el plato principal de una ceremonia caníbal fue por la intervención de la hija del jefe, una historia de amor interracial que se adelantó casi un siglo a Pocahontas»

La ira del cacique y su odio mezquino contra los extranjeros no carecía de justificación. Venía motivado por la violencia con la que Pánfilo de Narváez sometió a los indígenas, entre ellos a Hirrihigua, a quien le arrancó la nariz. Una inquina que no solo padeció el joven Ortiz, sino también el resto de cautivos que, al contrario que el sevillano, no pudieron salvar su vida. Unas torturas que cuenta César Cervera en su libro «Superhéroes del Imperio español. Los hombres que forjaron la historia de España», en cuyo capítulo referido a Cabeza de Vaca ya vincula esta historia como el precedente más inmediato de la de Pocahontas: «Prendió a cuatro miembros de la tripulación. En una ceremonia colectiva los desnudó y los puso a correr, uno por uno, alrededor de la plaza de la aldea. A continuación, los indios les clavaron flechas por todo el cuerpo, cuidándose de que ninguna afectara a órganos vitales, porque el cacique quería disfrutar de la muerte lenta y dolorosa de sus enemigos europeos. De los cuatro españoles que quedaron en su poder, sobrevivió un mozo de apenas diez años, natural de Sevilla, llamado Juan Ortiz, al cual Hirrihigua sometió durante tres años a todo tipo de tormentos. Si en ese tiempo se salvó de ser el plato principal de una ceremonia caníbal fue por la intervención de la hija del jefe, una historia de amor interracial que se adelantó casi un siglo a Pocahontas».

«Cristiano soy, señores; no me matéis ni matéis a estos indios, que ellos me han dado la vida»

En 1539, Ortiz fue encontrado por la expedición de Hernando de Soto, que a punto estuvo de acabar con su vida al confundirlo con un nativo: «Cristiano soy, señores; no me matéis ni matéis estos indios, que ellos me han dado la vida», se puede leer en «La Florida del Inca». Según este relato, fue Baltasar de Gallegos quien encontró desnudo al cautivo, «quemado por el sol y traía los brazos labrados, a uso de los indios, y en ninguna cosa difería de ellos». No se escapó para los españoles la útil que podía ser para su empresa en América alguien como Ortiz, que había pasado largo tiempo integrado con unos nativos con los que tenían dificultades para comunicarse. «Assí por sacarlo del poder de los indios como porque lo avía menester para lengua e intérprete de quien se pudiesse fiar», escribe el Hidalgo de Elvas.

Pese a la épica historia protagonizada por Juan Ortiz, convertido después de su confinación en eficaz guía e intérprete de la hueste de Soto por el sur de los actuales Estados Unidos, ni sus gestas sirvieron para ser narradas por Disney ni para escapar de la muerte, ya que a pesar de atravesar medio continente, descubrir el río Misisipi y sobrevivir a la batalla de Mobile, sucumbió a las inclemencias del tiempo. Sin la princesa Hirrihigua para salvarlo, no pudo soportar el duro invierno de 1542, y murió unos meses antes que su jefe.