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Pablo Escobar: un personaje difícil de atrapar

Wagner Moura, José Parra, Benicio del Toro y Javier Bardem se han puesto en la piel del traficante

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Juan Pablo Escobar decía el otro día en Madrid que no le convence ninguna de las interpretaciones que se han hecho de su padre en la pantalla. «La de Bardem no la vi. Lamento que semejante talento español se haya desperdiciado con un libro que no tiene validez. El problema de la historia es que todos fueron el amor de su vida, su mano derecha... pero la realidad es que fue hombre de muchas mujeres como para creer en un solo libro. Compraron los derechos equivocados», declaró sin citar a Virginia Vallejo, autora del adaptado por Fernando León.

Puede que la versión más conocida y controvertida de Pablo Escobar sea la protagonizada por Wagner Moura. «Narcos» tiene el problema evidente del acento, menos molesto a medida que pasan los capítulos, no solo porque el oído se va acostumbrando. Si el personaje hubiera vivido algo más de 44 años y un día (una parte de la condena que merecía), el actor brasileño le habría terminado pillando el punto al peculiar deje de Medellín.

A favor de Moura hay que decir que el actor favorito, e imposición de su compatriota José Padilha, compone un personaje fabuloso. Le aporta carisma sin generar admiración incondicional, quizá porque nunca llega a apropiarse del punto de vista, que en última instancia permanece en manos de los agentes de la DEA. A favor de Netflix hay que admitir que se arriesgaron grabando en español, algo que ni siquiera Fernando León hizo con dos protagonistas de la tierra.

Está de moda, aunque solo sea por ir a contracorriente, decir que la mejor interpretación de Escobar es la de su compatriota José Parra. En la cuestión lingüística no existe duda. Es el único colombiano que hace el papel. «El patrón del mal» es además una serie interesante, como mínimo, aunque el formato de telenovela despierte prejucios y genere una cantidad excesiva de episodios: más de cien en una sola temporada.

Verdad o veracidad

Parra tiene el acento, pero carece del poder intimidatorio de Moura. Es posible que se parezca más al original, pero fuera del documental cualquier guionista sabe que para ser verosímil a menudo hay que ignorar la realidad. Por otro lado, la serie de Caracol ha sido atacada en los mismos frentes que la del gigante americano: falta de rigor en ciertos detalles y exaltación de la delincuencia, aunque su orientación es más cercana a las víctimas. Para el hijo de Escobar, no retrata la corrupción de las fuerzas del orden. Desde un punto de vista narrativo, que al final es lo que le importa al espectador, el ritmo es moroso y el guión no tiene la sofisticación del estadounidense. Los medios, por supuesto, son menos generosos.

Benicio del Toro es el otro gran intérprete que ha lidiado con el personaje. Como a Bardem, al puertorriqueño le quitan el idioma. El problema de «Escobar: Paraíso perdido» no es Benicio. El debutante Andrea Di Stefano, director y guionista, da una visión necesariamente parcial –es solo un «capítulo»– e inconsistente, salvada por la poderosa presencia del protagonista. Oti Rodríguez Marchante resumía la cuestión en media frase: «Tienen tanta fuerza e imán el personaje y el actor que lo interpreta que casi todo lo demás de la película es mero relleno, como latillas de sardinas en esa cesta navideña en la que reina la uña negra de una pata de jamón».