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80 años de «El mago de Oz»

Maquillaje tóxico, enanos acosadores y un león que apestaba: la dura travesía de Dorothy hasta Oz

Se cumplen 80 años del estreno de «El mago de Oz», uno de los grandes logros del technicolor y el rodaje más tortuoso del Hollywood dorado

Fotograma de «El mago de Oz»
Fotograma de «El mago de Oz»
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En un lugar que no se parecía nada a Kansas, «El mago de Oz» estuvo a punto de ser un híbrido entre animación y acción real, y Judy Garland, de pasear de la mano de Jackie, el felino que ruge en el logo de la MGM, en lugar de ayudar a recuperar el valor al León cobarde. Dorothy tampoco se refugiaba en un mundo imaginario para escapar del dolor, sino que se enamoraba de uno de los granjeros. Los primeros borradores de la cinta daban palos de ciego, pero lo que nunca cambió fue que Kansas se filmaría en sepia y Oz, en technicolor. Pero, hace justo ochenta años, un tornado se llevó a Garland más allá del arcoíris, las negociaciones para un proyecto en común entre el padre de Mickey Mouse y la MGM fracasaron y todos siguieron el camino de baldosas amarillas… que no les llevó junto a un mago, sino a un infernal rodaje.

Lo que parecía destinado a ser un cuento de hadas terminó convertido en uno más propio de los hermanos Grimm. Buddy Ebsen fue el primer Hombre de Hojalata, pero sufrió el destierro del estudio tras contaminarse con el maquillaje. Víctima de una reacción alérgica al polvo de aluminio que se utilizaba para caracterizarlo, se le colapsaron los pulmones y a punto estuvo de no contarlo. En lugar de preocupación, la major le dio un portazo. Ebsen, cuya voz sigue en la canción «We’re off to see the wizard», consideró la afrenta como la mayor humillación de su trayectoria profesional, tal y como cuenta el crítico e historiador cinematográfico Joaquín Vallet en el libro colectivo de «El mago de Oz» que ha lanzado Notorious Ediciones por su aniversario. Jack Haley le sustituyó, aunque la MGM se limitó a cambiar el material del maquillaje por pasta de aluminio y no le contó nada. «La gente me dice: "Debe haber sido divertido hacer el mago de Oz". Fue tan divertido como el infierno. Fue mucho trabajo duro», llegó a decir Haley.

«La gente me dice: "Debe haber sido divertido hacer el mago de Oz". Fue tan divertido como el infierno. Fue mucho trabajo duro»
Jack Haley, el Hombre Hojalata,

El traje de Bert Lahr, el León cobarde, casi fue peor que el maquillaje del Hombre de Hojalata. Pesaba cuarenta kilos y estaba hecho con piel de león real, que incrementaba la ya de por sí elevada temperatura. El actor empapaba de sudor el traje después de cada exigente jornada de rodaje, por lo que el estudio destinó a unos empleados para secarlo cada noche. A pesar de que se lavó en seco varias veces, el olor que desprendía el disfraz era insoportable. No mejoraba tampoco su opinión de los Munchkins, esos que acosaron a la joven protagonista y, según Lahr, «se ganaban la vida mendigando y prostituyéndose. Por lo general andaban armados con navajas», recoge Víctor Matellano en su libro «El mago de Oz. Secretos más allá del arcoíris» (Lumiére Pigmalión).

Pero sin duda la más perjudicada fue Margaret Hamilton, que interpretó a las brujas de Oz. Tuvo que pintarse la cara de verde, un maquillaje que resultó ser tóxico y le duró meses después de terminar el rodaje. Su parte de lesiones engrosó la larga lista de despropósitos del rodaje, en este caso por quemaduras de segundo y tercer grado cuando se quedó atrapada en un mecanismo al activarse el estallido del fuego. El maquillaje verde se calentó con el efecto y… ya se sabe. La actriz casi se desmaya por el terrible dolor que le provocó el disolvente de acetona con el que le quitaron el maquillaje. Ya recuperada, la mala suerte volvió a cebarse con ella cuando le explotó uno de los efectos de su escoba y... se quemó en las piernas. Estuvo casi ocho semanas de baja.

Garland tenía 16 años y ya era adicta a las pastillas, que la MGM le proporcionaba para no acusar el exigente rodaje: anfetaminas de día para aguantar despierta, barbitúricos de noche para descansar

Judy Garland, la joven niña prodigio, creció de golpe a base de palos, como las bofetadas de alguno de los seis directores de la película para que no se riera durante las escenas. Tenía 16 años, pero su Dorothy debía aparentar doce. Por entonces ya era adicta a las pastillas, que la MGM le proporcionaba para no acusar el exigente rodaje: anfetaminas de día para aguantar despierta, barbitúricos de noche para descansar. La obligaron a utilizar ajustados corsés y gasas para disimular el pecho; sufrió acoso sexual durante el filme, donde su doble y entrenadora personal, Barbara Bobbie Koshay, la espiaba por orden del estudio. Vestida de azul y con sus cotizados chapines de rubíes, Garland sufrió el azote de Louis B. Mayer, que acentuó su inseguridad al llamarla «mi pequeña jorobada» durante el rodaje de la película, uno de los grandes logros del technicolor que cumple este agosto 80 años.