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Narciso Ibáñez Serrador Las lágrimas de Chicho sobre Goya

El pasado mes de enero fue reconocido con el premio de honor de la Academia por, entre tantas cosas, su contribución al lenguaje audiovisual

Muere Chicho Ibáñez Serrador

Chicho Ibáñez Serrador, rodeado por los nominados al Goya 2019, el día que recibió su premio de Honor - ACADEMIA DE CINE | Vídeo: Muere Chicho Ibáñez Serrador a los 83 años (EP)
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A Chicho le dieron el Goya de Honor el mismo año que se apagó su vida. Curioso epílogo para el hombre que trajo a España el futuro de la televisión: lograr ser reconocido por los colegas de la otra orilla audiovisual ahora que unos y otros conviven bajo el paraguas de un lenguaje común en las plataformas. Narciso Ibáñez Serrador «solo» rodó dos películas para la gran pantalla -«¿Quién puede matar a un niño?» y «La residencia»-, un «solo» que se hace gigante al ver su impronta en las generaciones de cineastas que hoy le lloran.

El maestro del terror se pasó a las grandes historias de amor y llanto el pasado mes de enero, cuando arropado por sus hijos de sangre (Alejandro y Pepa) y por los de espíritu (Jaume Balagueró, Rodrigo Cortés, Álex de la Iglesia, J.A. Bayona y Nacho Vigalondo), recibió el calor del cine español en la fiesta previa a los Goya. «Para los que no fueron a una Escuela de Cine, Chicho era el mejor maestro», valoró Javier Fesser, también presente. «Lo que hizo para televisión está lleno de cine, me alucina ahora que he revisado su lenguaje», recogió J. A. Bayona. Sin embargo, Chicho rebatió los halagos. «Siempre me negué al título de maestro», dijo tan lúcido y tajante como cuando dirigía el «Un, dos, tres». Tan humilde como cuando cerraba sus programas con la frase: «Y si algo falla, el responsable es Narciso Ibáñez Serrador».

Ya en silla de ruedas, lejos de su mejor momento, pero todavía vitalista y divertido, Chicho se esforzó por devolver el cariño a todos. Con su cabeza imbuida en los recuerdos, a ratos ausente, tuvo tiempo para contar alguna jugosa anécdota: «No era consciente de lo que hacíamos porque estaba cansado con el trabajo», dijo en el corro de periodistas cuando se alababa su caracter de vanguardia frente a aquella televisión en blanco y negro.

Quería seguir creando, decía aquella noche, y su mente no dejaba de funcionar. «Pienso en nuevas ideas», presumía, incapaz de arrinconar una imaginación disparada a borbotones incluso a sus 83 años.

«Chicho» Ibáñez Serrador no pudo evitar derramar sus lágrimas sobre el busto de Goya la noche del Goya de Honor, como hoy no reprimen el pesar quienes temblaban de miedo y placer culpable con aquellas historias para no dormir, o los que se llevaron el apartamento en Torrevieja o la calabaza Ruperta.

Y por supuesto el cine, una acera por la que solo transitó dos veces pero que ayudó a pavimentar desde la televisión para que tantos años después, sus discípulos (aunque solo lo sean de espíritu) paseen hoy como maestros del género. Un poco más huérfanos, eso sí. Y si no lo hacen bien, culpen al responsable, Narciso Ibáñez Serrador.