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Wes Anderson, el eterno Peter Pan del cine se hace mayor

El cineasta visita Madrid para presentar «Isla de perros», su película más política y con la que ha ganado el Oso de Plata a la mejor dirección en la Berlinale

Wes anderson presentó en Madrid la película «Isla de perros»
Wes anderson presentó en Madrid la película «Isla de perros» - 20TH CENTURY FOX
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Cineasta de especial sensibilidad, Wes Anderson pronto encontró consuelo en una cámara de Súper 8. Eterno director con el síndrome de Peter Pan, es una especie singular en el séptimo arte, un híbrido entre niño y adulto, que primero siembra el caos en sus películas y luego lo ordena en planos simétricos. Su estilo, colorido y cándido, le ha convertido en uno de los realizadores más reconocibles a simple vista, popular por repetir con los mismos actores, usar la «doble toma» para dar un golpe cómico y empezar todas sus cintas con un escueto «a movie by Wes Anderson» en amarillo.

Fiel a sí mismo, vuelve a confiar en todas sus peculiares manías en «Isla de perros», la primera película animada en inaugurar la Berlinale y con la que el texano ha ganado el Oso de Plata al mejor director, el primer gran premio que reconoce su personalidad tras la cámara. Pese a reincidir en una familia disfuncional, en este caso canina, como eje de la trama, se desprende de ese aislamiento de la realidad en el que se había escondido siempre para atreverse, por primera vez, con una sátira política que disfraza sutilmente de fábula. Ambientada en un Japón distópico en el que el autoritario mandatario, con toques del «Ciudadano Kane» de Orson Welles, expulsa a todos los perros a la Isla Basura tras una epidemia, el director de «Moonrise Kingdom» o «Life Aquatic» firma su película más mordaz, al recrear hábilmente un ingenioso paralelismo entre los canes y los refugiados. «Queríamos hablar de un gobierno criminal y para buscar inspiración buceamos en la Historia, pero el mundo cambiaba a medida que escribíamos y la película se fue haciendo cada vez más política», reconoce Anderson, que visitó Madrid este martes junto a sus guionistas habituales Roman Coppola y Jason Schwartzman.

Influido por Almodóvar

Salir de su zona de confort no es la única osadía que acomete en esta película, donde prescinde de la traducción de las frases en nipón por el simple hecho de disfrutar de la sonoridad del idioma. Una influencia cultural, inédita, que se percibe en la huella de Hayao Miyazaki y Akira Kurosawa. Aunque no es la primera vez que recurre a la inspiración de otros cineastas. En su visita a la Filmoteca Española, que ya conocía de un viaje anterior con su mujer, admitió el vínculo que le unía a Madrid, gracias, en parte, a uno de sus directores más internacionales: «Hace muchos años hice "Los Tenenbaums. Una familia de genios", y reconozco que para crearla me influyó mucho el cine de Pedro Almodóvar. Su look fue una verdadera inspiración, pero también me sirvió como modelo para ver cómo vive un director su propia ciudad. Me pasa igual con Bergman, son cineastas que pertenecen a una región muy concreta y eso se nota en su cine».

Además del refinado preciosismo visual del que dota cada secuencia, la música cobra vida en «Isla de perros», que se estrena el próximo 20 de abril, sirviendo de tránsito y expresando lo que no se «dice con palabras». Una mezcla entre el clásico rock indie habitual en su filmografía y el estilo asiático a ritmo de los taiko (tambores nipones).

Actores fetiche

A cambio, vuelve a rodearse de un gran elenco, que se presta al doblaje de los protagonistas animados. Repite una vez más Bill Murray, un fijo del realizador texano, Tilda Swinton o Jeff Goldblum. Se estrenan Bryan Cranston, Greta Gerwig y Yoko Ono, pero no regresa su amigo Owen Wilson, con el que colaboró en seis de sus nueve películas. «Me gusta crear una familia durante los rodajes», una forma de pasárselo bien, según Schwartzman.

Desde la colorida sala del Cine Doré, que oportunamente parece sacada de una de sus películas, Anderson desgranó esta odisea visual en stop motion repleta de emociones y humor. Gracias a su primera experiencia con esta técnica animada en «El fantástico Sr. Fox», el equipo se permitió que esta película se le «escapara de las manos». «Hemos llevado el stop motion al límite no solo en las criaturas sino también en la cantidad de escenarios y decorados diferentes», dijo el cineasta, vestido con un traje de pana y unos calcetines rojo chillón, reconociendo lo «extraño» que le resultaba, incluso a él, ofrecer un coloquio antes de la proyección de la cinta.

El séquito de figuras animadas, con el joven protagonista Atari Kobayashi como un guiño evidente al Principito de Saint-Exupéry, está compuesto por más de 130.000 fotogramas, en cuyo proceso se crearon a mano unas 1.000 marionetas, 500 perros y otros tantos humanos. «Para mí es un proceso misterioso, pero es algo único dar vida a estas marionetas. El ritmo respecto a una película de acción real, que es más lineal, es diferente. Hay que simultanear muchas tareas, y la única forma de hacerlo posible es trabajar con los mejores. Mi cometido es depender y confiar en esos talentos», aseguró. Sobre todo para lograr los minuciosos detalles, plasmando en los perros gestos propios de los actores que les ponen voz, y consiguiendo así una expresividad casi mayor que la de los humanos.