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Festival de Cannes

De los aplausos a Almodóvar a los silbidos gomeros

Otros dos cineastas españoles, Agustí Villaronga y Albert Serra, también han asistido al certamen. El primero como personaje villano de la rumana «La Gomera»; el segundo como director de «Liberté»

Momento inmediato tras la proyección de «Dolor y gloria» en el Festival de Cannes
Momento inmediato tras la proyección de «Dolor y gloria» en el Festival de Cannes - Canal+
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El éxito de Amodóvar y de «Dolor y gloria» ha sido arrollador, y en los paneles de crítica en las revistas que siguen a diario el Festival ha conseguido las «notas» más altas y entusiastas que se recuerdan. Casi con unanimidad, la crítica francesa la considera una obra maestra, y como es natural ya se ha convertido en la máxima aspirante a la Palma de Oro, «maximidad» y aspiración que probablemente solo se atreva a discutírsela Tarantino, que llega en un par de días. Y ayer aún era su jornada de protagonista, pues las dos películas que se ofrecían en la sección competitiva ni le tosieron un poquito en la pechera al director manchego.

Era una película china dirigida por Diao Yi’nan que se titulaba «El lago de las ocas salvajes» y otra rumana titulada «La Gomera», de Corneliu Porumboiu, y ambas de intriga y más o menos encuadradas dentro del género negro. Vayamos primero a lo singular, a los dos o tres detalles que ofrecía el filme rumano: el título se refiere a que parte de la acción transcurre en la isla canaria, y a propósito de que uno de los personajes, un policía corrupto, va allí a aprender el silbo, ancestral medio de comunicarse entre los lugareños chiflándose de una montaña a otra. Otro detalle singular es que tiene un papel importante el director Agustí Villaronga, que es, seguro, una excelente persona, pero tiene una cara de malo de película que le permite aquí bordar su personaje de villano. El argumento es una completa pista de patinaje por la que va dando traspiés quien lo quiera seguir; entre el delirio se aprecia una cierta atmósfera de género en los protagonistas, un policía más seco que un requerimiento de Hacienda y su compinche, la actriz y modelo Catrinel Marlon, justo lo contrario, de una humedad como de interior de una cava de puros habanos. No resultaba difícil encontrarle a «La Gomera» su punto entretenido, en especial después de comerse el polvorón de la película china.

«El lago de las ocas salvajes» es una historia de acoso y huida en los ambientes de la mafia china, con un gánster a la fuga al que persigue la policía y los especímenes moteros de una banda contrincante. A pesar de su línea argumental, la cosa se movía menos que una de esas estatuas vivientes de Las Ramblas, y entraban y salían de la quietud de la escena tantos nombres, personajes y rostros confundibles que lo único no aburrido de la trama es que siempre estaba a medio pillar. Probablemente el lago del título, y aún más las ocas salvajes, tengan algún cometido metafórico que, hoy por hoy, uno no está en condiciones de descifrar.

Y ya a deshora de esta crónica se proyectaba la película española «Liberté», de Albert Serra, dentro de la Sección Un Certain Regard. La capacidad infinita de provocar de Serra alcanza en esta ocasión niveles de tsunami, pues entra en una ficción histórica sobre la Europa anterior a la Revolución Francesa con un espíritu libertino, decadente y muy subido en lo erótico, cuyo mayor desgrane se queda para el próximo escrito.