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CRÍTICAS

«Felices sueños»(****): Mamma mia

Marco Bellocchio está en mejor forma que la mayor parte de sus nietos de la generación actual

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Marco Bellocchio debe ser casi el único miembro activo de aquella esplendorosa generación de cineastas italianos de los dorados años 60; a juzgar por esta película está en mejor forma que la mayor parte de sus nietos de la generación actual. Debe llevar casi tantos años de psicoanálisis como Woody Allen, a juzgar por la recurrencia de algunas ideas freudianas en su obra, y si bien esto de la terapia es una especulación, lo cierto es que “Felices sueños” es la película más edípica que quepa concebir desde que Susan Sarandon empezó a hacer papeles de madre. Lo que se dice aquí es que la patria, el paraíso, es la infancia y que cuando se produce la separación de la madre antes de sufrir el debido proceso de maduración personal, el resto de la vida es expulsión y exilio.

Todo esto no es ninguna novedad pero no recordamos que nos lo hayan contado de forma tan elocuente, tan redonda, con un final que exprese de forma tan brillante la nostalgia del útero: el protagonista no quiere salir del armario, sino volver al armario en el que fue engendrado… Y se pasa la vida en una figurada posición fetal, enroscado en sí mismo, practicando una forma de autismo que solo una mujer, otra mujer que no es su madre, conseguirá quebrar. Por supuesto lo que añora Massimo, el protagonista, no es tanto la madre que le parió sino la que jugaba y bailaba con él hasta los diez años, la que le deseaba felices sueños, una frase cariñosa que acaba revelándose como una cruel despedida. Quizá con la edad, Bellocchio, el experto en familias disfuncionales, ya no sienta los impulsos asesinos del inefable protagonista epiléptico de su feroz opera prima: lo que es seguro es que ha alcanzado un grado de reconciliación cósmica con la mamma.

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