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Crítica de «Sombra»: Las cosas del palacio

Ignoro la posible lectura contemporánea de esta crónica del arte de la guerra y las intrigas de palacio, pero su dominio formal es tan formidable que habrá quien la despache con el viejo prejuicio griersoniano

Imagen de «Sombras»
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«Cuando un director muere se convierte en fotógrafo», dictaminó Grierson, miope él, del gran Von Sternberg. Zhang Yimou, que situó en el mapa el nuevo cine chino con su ópera prima «Sorgo rojo», fue director de fotografía antes que realizador y lleva treinta años haciendo películas donde lo cortés (su apabullante belleza plástica) no quita lo valiente (las metáforas políticas que ocultaban sus suntuosas tramas de época hicieron de él un disidente consentido). Ignoro la posible lectura contemporánea de esta crónica del arte de la guerra y las intrigas de palacio, inspirada en episodios surgidos de la larga historia imperial, pero su dominio formal es tan formidable que habrá quien la despache con el viejo prejuicio griersoniano.

Designé la fascinación que nos produce el cine de época chino y japonés con la expresión «efecto kimono», que nos entretiene mientras asistimos a largas escenas expositivas en el primer tramo de la película. La manera en que la composición de la imagen expresa las jerarquías y los juegos de poder remite a Mizoguchi o Kurosawa, si se nos permite mezclar el cine de los dos imperios. Vienen luego las escenas de combate –esto es un «wuxia», ya saben– y ahí es donde Yimou puede desplegar su mejor pirotecnia visual. En el fragor de la batalla no olvida, por un lado, situarnos en el espacio en juego ni tampoco, por otro lado, sorprendernos con novedades como la del paraguas-ninja… para ofrecernos una experiencia total, inmersiva, sabiamente coreografiada.