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Crítica de «Elisa y Marcela»: Matrimonio sin hombre

Isabel Coixet logra algo tan difícil como enhebrar un estilo con historias muy diferentes

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Elisa y Marcela tienen más en común con la Juliette Binoche que se aventura al Polo Norte en «Nadie quiere la noche» que con la librera de la última película de Isabel Coixet. Tiene miga, porque sus dos protagonistas viven una pasión nada gélida, un amor imposible que en 1901 hizo historia en Galicia, donde se celebró el primer «matrimonio sin hombre» de España. El engaño que lo propició es mejor que lo descubra el espectador, aunque aquí también el camino es lo esencial.

En eso, y no solo, Coixet logra algo tan difícil como enhebrar un estilo con historias muy diferentes. Elisa y Marcela, fantásticas Natalia de Molina y Greta Fernández, luchan toda su vida contra la intolerancia en una época oscura y atrasada, con padres que sospechaban –algo de olfato hay que reconocerles– de las amistades y los libros.

El amor entre las muchachas es puro, sin cursilerías, y el erotismo de la cinta es valiente y elegante, pese al pulpo. Los «portugueses» Manolo Solo y Lluís Homar tienen su gracia, al menos si no has nacido en aquella tierra. La trama, por su parte, es un remar constante a contracorriente, antes, durante y después. Quizá falte algo de variedad para redondear el resultado, pero los enemigos del mar en calma no deben temer a Coixet y el blanco y negro. Esto no es «Roma», ni para bien ni para mal. Tiene su propia personalidad.