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Crítica de Bajo la piel de lobo: El hielo y el deshielo

«Bajo la piel de lobo» tiene el empaque de fábula moral sobre el hielo y el deshielo, pero la cosa es y ahora qué hace uno con ella

Mario Casas es Martinón, un huraño hombre de las montañas
Mario Casas es Martinón, un huraño hombre de las montañas - ABC
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Se parece a Jeremiah Johnson, pero se llama Martinón, es un trampero anacoreta que vive solo en las montañas y caza lobos para venderles el trofeo de sus pieles a los vecinos de los pueblos cercanos. En la descripción de la vida desolada del personaje entre un paisaje de vértigo y gélido está la dinamita de esta película del documentalista Samu Flores, que visualmente la borda y desborda; y la mecha es la interpretación de Mario Casas, embrutecido, asilvestrado, y con esa carga perfecta de ingenuidad y poco texto para que tanto él como Martinón se encuentren a la perfección. Casas transmite con fuerza y con sentimiento lo poco y primario que puede transmitir el personaje, y esa dinamita y mecha de la historia hace explosión por la presencia de la mujer, que interpretan, por turno, Ruth Díaz e Irene Escolar, en una clara ecuación de cómo se convierte lo que era sencillo y liso en enrevesado y rugoso. La película no llega a apasionante, ni propone dilemas profundos sino más bien elementales, pero, misteriosamente, consigue enganchar por la pericia del director para llevar al espectador siempre un paso por delante, incómodo y en alerta porque apesta a sobresalto y tragedia. «Bajo la piel de lobo» tiene el empaque de fábula moral sobre el hielo y el deshielo, pero la cosa es y ahora qué hace uno con ella.