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El cine con mirada florentina

Zeffirelli tuvo el gran acierto de convertirse en ese cruce imposible entre Visconti y la zona más «spaghetti» de Shakespeare

Oti Rodríguez Marchante
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No se nace florentino para tener una idea vulgar de la puesta en escena, del éxtasis religioso y musical, de la belleza no exclusivamente femenina o del conservadurismo intelectual. Además, Franco Zeffirelli tuvo que adecuar sus talentos al ejercicio del cinematógrafo, tan escasamente florentino, pero podría decirse que, en su capacidad y voluntad, lo «florentinizó» siempre que tuvo ocasión. Como director de películas, Zeffirelli tuvo el gran acierto de convertirse en ese cruce imposible entre Visconti (su maestro, y mucho más) y la zona más «spaghetti» de Shakespeare.

Su adaptación de «Romeo y Julieta», pasada por el filtro de su fotógrafo, Pasqualino de Santis, es para muchos la mejor versión que se ha hecho nunca de esta obra shakespeariana, la contraportada de la que hubiera hecho Orson Welles. En realidad, Wells y Zeffirelli son los cineastas que, en su «antagonía», en su incompatibilidad, mejor han concentrado el interior y el exterior de Shakespeare, y la versión que ambos hicieron de «Hamlet» es pura lija si se frota la una contra la otra. Pero, en su obra cinematográfica pesa, aún más que Visconti o Shakespeare, la religiosidad, o más certeramente, la espiritualidad, la arquitectura interior aún un peldaño por encima de la exterior, y su primorosa recreación del amor a la vida de San Francisco de Asís y de Santa Clara en «Hermano Sol, hermana Luna» es de tal sensibilidad, fuerza poética y utopía revolucionaria que hoy, con ojos «millennials», solo puede ser vista como algo excéntrico y poco provechoso. O su setentera mirada a «Jesús de Nazaret», agotadora, rica, humanista, una opera omnia hecha, dicha, interpretada y musicada con vocación de ser definitiva.

Sus grandes adaptaciones operísticas, tanto en cine como en los grandes teatros del mundo, su pasión por Maria Callas, por Verdi, por Toscanini, sus títulos más «terrenales», como el melodramático «Campeón», el romántico «Amor sin fin» o el brontiano «Jane Eyre», y hasta el biográfico y muy viscontiniano «Té con Mussolini», completan la filmografía de un hombre que quiso embutir en el arte cinematográfico la incontenible exuberancia, divinidad y perfección de su mirada de artista florentino.