ORGULLOSA. Cristina Pemán posa con uno de los libros de su padre. / IGNACIO GIL
CRISTINA PEMÁN DOMECQ HIJA DE JOSÉ MARÍA PEMÁN

«No se puede reducir a José María Pemán a poeta local»

La familia del escritor y articulista denuncia, un cuarto de siglo después de su muerte, el silencio institucional sobre el insigne gaditano

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Hoy hace un cuarto de siglo los relojes de la tacita de plata se pararon en el tiempo. «A las dos menos diez de la tarde del domingo, cuando las calles de Cádiz estaban prácticamente vacías y un sol de julio, mezclado con viento de Levante, azotaban los naranjos y las palmeras, dulcemente, sin un gesto de dolor, casi sin sentir la muerte, expiraba el insigne escritor y académico José María Pemán», escribía Santiago Castelo -hoy subdirector de ABC y director de la Real Academia de Extremadura-, en su crónica de alcance como enviado especial de a Cádiz, «desde la casa mortuoria».

Cristina Pemán Domecq no olvidará jamás el día de la muerte de su padre, «El señor Pemán». Fue una larga y serena agonía. Rebosaba la plaza de San Antonio de seres transidos de dolor. «Al instalar la capilla ardiente se abrieron las puertas de la casa para que entrara todo el que quisiera decirle el último adiós. Lauro, hombre de nuestra confianza, colocado a la entrada comentó: «Con qué profunda tristeza y respeto ha pasado el pueblo», recuerda Cristina Pemán Domecq.

Al día siguiente de su fallecimiento ¯20 de julio de 1981¯ ABC le dedicaba a don José María, Gloria de las letras españolas, un número especial que brindaba a sus lectores el último texto que José María Pemán, considerado como el mejor articulista de la Historia del Periodismo español, remitió para su Tercera: Apolo visita la fragua de Vulcano.

Durante medio siglo, Pemán ocupó esa tribuna de forma habitual con piezas que eran un prodigio de gracia literaria, sentido de la actualidad periodística, humor, ternura y poesía. Pemán quería ser como el olivo, «pródigo hasta morir». Y murió con el tintero y la pluma en la mano, escribiendo y con media docena de libros de actualidad sobre su mesa.

Sin memoria

Veinticinco años después de su muerte, Pemán sigue más vivo que nunca entre sus gaditanos e innumerables amigos, entre sus discípulos y admiradores de todo el mundo. Pero Pemán no existe ni para el Ministerio de Cultura ni para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía: ni un homenaje, ni un ciclo, ni una representación teatral... Nada de nada. «Mi padre ha sido olvidado por motivos políticos y por eso no se le ha favorecido», se lamenta Cristina Pemán. «No se puede reducir a Pemán a poeta local», denuncia José Joaquín Ysasi Isasmendi, esposo de Cristina Pemán.

No quería títulos -que le llegaban «un poquito postizos», confesaba-, ni marquesados porque su parcela de escritor estaba muy bien labrada. «No estuvo nunca adscrito a nada y menos al falangismo», recuerda Ysasi, «era leal a la Monarquía y defendía la prioridad de validez de la institución monárquica. Presidió el Consejo privado de Don Juan de Borbón y contribuyó a limar asperezas entre padre e hijo».

Precisamente Don Juan Carlos envió unas palabras de recuerdo a un homenaje que se le brindó a Pemán con la presencia de siete de sus nueve hijos y de la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez. Recuerda Cristina Pemán que el corazón de su padre sigue siendo tan generoso y grande que desde la cripta de la catedral donde descansa junto a su admirado Manuel de Falla ha cedido dos habitaciones de su Casa Museo al insigne compositor: «Nos une una estrecha amistad con la familia Falla, heredada de la que mantuvieron los dos genios», añade su hija.

En una de sus habituales tertulias familiares, una de sus hijas le preguntó a don José María: «Papá, ¿tú eres del Opus Dei?». A lo que «El señor Pemán» -como cariñosamente solían llamarle entre ellos sus hijos- contestó: «No. Soy católico, apostólico y romano y tengo que ser libre para que nadie me copie mi vida». Esa libertad le llevó a una popularidad de la que muchas asociaciones o grupos quisieron apoderarse, pero que no lograron: Pemán fue un ser libre toda su vida.

Y un hombre metódico, según revela su hija: «Se levantaba muy temprano y tras la misa de ocho se retiraba a su biblioteca. Por las mañanas escribía. Prolongábamos el almuerzo con una tertulia familiar y en cuanto podía regresaba a su despacho. Leía durante toda la tarde. Le apasionaba la lectura». Como trabajaba a destajo y apenas se levantaba de su sillón de escritor, su médico le recomendó que saliera, aunque él paseaba habitualmente con su esposa.

Y se apasionó por el cine. «Cualquier espectáculo que le pasan a uno delante de los ojos sentado es siempre agradable», sostenía Pemán. Solía repetir la visión de algunas películas y a Madrid acudía en octubre y febrero a todos los estrenos teatrales: «¿Qué harán las personas que no van al teatro!», reflexionaba desde la sabiduría centenaria de su memorable Séneca.

Viajero y educador

A Pemán le gustaba viajar y su hija Cristina le acompañó en muchísimas ocasiones. «Nos educó maravillosamente, sin sermones, aunque yo en alguna ocasión me atreví a apuntarle, desde mi más profundo cariño: «Vanidad de vanidades, no te vuelvas tonto». Mi padre era un ser muy afable y adoraba a nuestra madre, María del Carmen». Se conocieron en Jerez, ella a lomos de un caballo blanco y él a la grupa de un corcel «torcido y maltrecho», recuerda Cristina Pemán.

José María Pemán hablaba y escribía divinamente en verso y en prosa. Su primer poema colegial lo pergeñó a los siete años: «Le hicieron hacer cien palabras al derecho y cien al revés y no falló ninguna», evoca su hija. Poseía una memoria impaciente y prodigiosa por aprender nuevas cosas. «No se nos olvidará, ni a mis hermanos ni a mí, cuando nos reunía en casa para leer la obra de teatro que acababa de escribir. Mi madre, tras escucharle, le decía sobre alguna frase o pasaje: 'José María, eso es una tontería'. Y él obedecía».

Cuando Su Majestad el Rey le impuso el Toisón de Oro le preguntó a su hija Cristina: «¿Ha quedado contento con el Toisón o hubiera preferido algún título?». Y yo le dije: 'Señor, un Toisón es una condecoración única. Está muy agradecido'».

El día en que murió José María Pemán había auténtica pena popular. «No empuje usted, que llevamos aquí toda la noche y también nosotros queremos llegar», le espetaron a Cristina Pemán cuando trataba de llegar a la tumba de su padre. «Pemán sigue viviendo entre nosotros. Y su obra».