LA TRIBU

La vuelta

Una brisa de coplas vividas iba ya tejiendo el vestido de luz del próximo Rocío

Antonio García Barbeito
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Eran coplas escritas con los pies del peregrino, del romero que se echaba a los caminos a vivir la romería con fe, devoción o amor a la costumbre, y descubrió que había escrito como nadie el camino de ida y el camino de vuelta. Supo cantar esa tristeza que sabe que no puede seguir, porque aprietan deberes, y deja caer, cantado, el deje que se hizo idioma: «…Y allí, sentao en el suelo, / miraba pa las carretas / que se perdían a lo lejos…» Supo cantar la lluvia antes que nadie: «Yo he visto de romería / chaparrones en los pinos…»; supo, antes que nadie, ver el esfuerzo del rociero de a pie: «Te vi venir del trabajo, / tenías los ojos rendíos, / y te pusiste a arreglar / tu carreta pal Rocío…» Supo adivinar la amargura del injustamente condenado: «En la reja de una cárcel / un hombre llora de pena, / porque sabe que en su pueblo / van saliendo las carretas…» Supo verlo todo del Rocío. Y supo cantarlo. Como nadie.

A nadie tuvo que pedirle coplas prestadas, porque las criaba entre los suyos: «Pastora, Reina, Gitana, / ya “estamo” otra vez aquí, / pa cantarte y pa rezarte, / que todo es poco pa Ti…» «Aleluya en la marisma, / que se alegren los romeros, / ya tienes, Blanca Paloma, / un rocierito nuevo…» Y el luto local: «Este año, carretero, / no te pases por mi calle, / que tan sólo hace unos días / que se me murió mi madre…» Y el retrato por el pinar: «Collares de carretas / cruzan carriles…» La salida de las carretas, «una mañana de mayo», era algo grande, pero no lo era menos la vuelta. Desde la Venta Bobita a la Taurina, y de allí al corazón del pueblo, recorrido entre viejos y altos árboles, era un asombro rociero bellamente adornado de cansancio y de entrega. El pueblo ya lo había cantado como nadie, porque lo había vivido, antes de cantarlo, lo escribió viviéndolo: «Bonito y triste el camino / cuando se viene de vuelta…», y más retratos: «Huele a jara y a marisma / y traes la cara morena, / vienes con sueño y cansao, / con alegría y con pena, / la marisma y el Rocío / te han marcao con su huella…» Y el himno inmortal: «Lloran los pinos del Coto / despidiendo las carretas, / que ya se van poco a poco / por el camino de vuelta…» Lo vivió todo y cantó todo lo vivido. La mañana de la salida de las carretas sigue siendo hermosa, grande, luminosa, única; pero aquellas entradas de ayer no tienen sobretarde que las iguale. El pueblo se vestía de oro crepuscular y encendía la noche en las velas de su simpecado. Y entre los perfiles de romeros con la huella del camino en la cara, una brisa de coplas vividas iba ya tejiendo el vestido de luz del próximo Rocío. Sucedía en Gines.

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