Verano

Vendrán los látigos del sol a expulsarnos del incendiado paraíso de la intemperie

Antonio García Barbeito
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La luz irá menguando, como ahorros en una alcancía en la que ya no echamos nada y, además, sacamos diariamente. Irá mermando la luz, imperceptiblemente, al principio, hasta que por los alrededores de Santiago —cualquier noche de la Velá, cualquier tertulia en el patio con jazminero y fresco que pide echarse algo por encima—, la luna, las estrellas, el azul infinito o la brisa nos digan que al verano empieza a estarle corta la luz. Y así irá avanzando, como adolescente que crece de cuerpo y no cambia de talla. Cuando la sandía sea un crujido de montaña de piedra rompiéndose; cuando la aceituna ya se parezca a su casta —manzanilla, gordal, zorzaleña— y la luz del cine de verano

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