LA TRIBU

Venta Pazo

En los días en los que no tenía ganas ni de gloria, pensaba en la cola de toro de ese sitio

Antonio García Barbeito
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El amigo vino desde Málaga para estar con su amigo, que andaba delicadillo. Lo animó a salir. Iban a ir a comer y el amigo delicadillo le rogó que la invitación fuera en un lugar más cercano y familiar. «Donde tú digas. ¿Te acuerdas de una venta a la que me llevaste hace unos años, que te dije que me gustó mucho?» Y cuando el amigo delicadillo soltó un nombre, el amigo malagueño dijo: «¡Ese…! Recuerdo la cola de toro…» El amigo delicadillo le dijo que al único lugar al que se le antojaba ir era a esa venta, porque en los días en los que no tenía ganas ni de gloria, pensaba en la cola de toro de ese sitio, carne que se despega sola del hueso, grasita roja del pimentón, olor profundo de los mejores fogones de Andalucía, y pensaba en la vistosa y riquísima regañá, sabrosa torta de harina, crujiente, y pensaba en las lechugas frescas, y en las papas aliñadas, ay, con un gran aceite, y en el pescado frito, esa manera de doblarle los sabores a las cosas buenas con un buen producto fresquísimo, una buena harina, un aceite de lujo y una magnífica mano freidora. El amigo delicadillo fue feliz al catar los manjares, y el amigo malagueño —un sibarita que ha comido en los mejores restaurantes de España y aun de medio mundo— no sabía ya con qué adjetivos de alabanza referirse a lo que sirvieron en la mesa. Inolvidable. «Tenemos que volver, cuanto antes», sentenció el malagueño.

Antonio Pazo padre, sin desmayo, convirtió en referencia gastronómica —así en las mesas como en el mostrador— la Venta Pazo, y cuando dejó de vivir, dejó en manos de su único hijo, Antonio, lo que el hijo ya sabía que era un gran negocio que necesitaba de un celo sin pestañeo y de esfuerzos grandes, porque la oferta en la comarca crecía. Y Antonio Pazo hijo ha convertido el reino heredado de la sanluqueña y famosa Venta Pazo en una gran oferta gastronómica en la que, sin menoscabo de los platos y sabores tradicionales —la comida de los dos amigos es una prueba—, ha abierto un abanico de platos, sobre todo en la Venta Pazo a orillas de la A-49, que colma las exigencias de sus clientes. El amigo delicadillo, quizá por una querencia romántica, sigue buscando, aunque sean hermanos, los sabores de la Venta Pazo vieja, insuperables sabores. Más de ochenta personas comen y dan de comer en el negocio de Antonio Pazo. Y Antonio se mata por mantener el pan de sus empleados y el cuidadísimo plato de sus clientes. Pocos negocios se superaron tras dejarlos las manos de su creador. La Venta Pazo, en las manos del hijo —y en el nombre del padre— es un raro ejemplo. Podría anunciarse «Los sabores de siempre, como nunca.»

Antonio García BarbeitoAntonio García BarbeitoArticulista de OpiniónAntonio García Barbeito