Soraya

Cojo el melón por su pinta, lo rajo, lo pruebo y decido. Así, con la política

Antonio García Barbeito
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Al poco de aparecer en la política nacional y verla actuar, daban ganas de decirle —con todo respeto y sin la mínima comparación— aquello que, cuando el poeta pasaba montado en él los domingos, decían «los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos…» de Platero: «Tien’ asero...» Sí, acero. Y genio, y personalidad, y carácter, y discurso, y casta, y eso que la voz popular, sin detenerse en distingos de sexo, llama dos pares. Chiquita, pero matona. Chiquita, sí, pero cuando Soraya tomaba la palabra se agigantaba, era temible, temblaba el Congreso y temblaban, a veces, sus rivales. Y sus propios.

Siento que se vaya, de verdad. A estas alturas de la edad y de lo vivido, uno valora más lo que demuestre una persona que todo lo que pregone de ella la masa que la arropa —es un decir—, un grupo ideológico, un partido. Me gustaría escuchar a todos los políticos de nuestro país sin saber de qué partido son, sin saber si vienen de la derecha, de la izquierda, del populismo o de la nostalgia. A estas alturas, repito, sólo me interesa lo que venda cada uno, no lo que digan los anuncios. Lo que de su mercancía decían ayer los vendedores callejeros: «¡A prueba los doy…!» Eso mismo me pasa hoy con los alimentos: necesito probarlos, y si me convencen, los compro, si puedo, o los desecho. No atiendo a campañas de publicidad que me los meten por la cara o me los esconden. Cojo el melón por su pinta, lo rajo, lo pruebo y decido. Así, con la política. Ni compro gangas ni me dejo llevar por campañas que lo pregonan como lo mejor de lo mejor. No voto carteles, voto a personas. Soraya entraba por los ojos, seducía con sus gestos, me ganaba por su palabra, me gustaba por sus redaños, por su valentía y por su saber rechazar balones sin dejarlos caer al suelo o por devolverlos llenitos de veneno político. Tien’asero; Soraya Sáenz de Santamaría tien’asero. El tiempo que ha estado en la primera fila de la política ha demostrado que hace falta una sangre así para estar ahí. Es un animal político necesario. Me da igual que haya estado en el PP y que otro día venga de la mano de la izquierda; me da igual, porque me interesa ella. Sabe defender lo suyo y ofrecerlo; sabe pelearse con quien sea, y cuando habla, hace de ella una giganta, una Sansona. Temible por la boca, por los gestos, por cómo se revuelve. Y supongo que temible será cuando se encierre con los suyos en un cuarto. No sé qué la ha empujado a dejar la política, si el haber perdido frente a Casado o el haber perdido frente a ella misma, al ver qué le quedaba en su tropa. No lo sé. Pero siento que se vaya, porque esa mujer «tien’asero.»

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