Seguiriya de Romero

Curro halló su patria en Triana la noche que Camarón le partió la camisa en el Morapio

Alberto García Reyes
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Como cantaba Manuel Cagancho su seguiriya, con hálito de muerte y el fuelle justo para fundir el hierro, así toreaba Curro. Con el puño cerrado delante de la boca. Desamparándose. Como cantaban Oliver y el Gordito sus letras, sonando más para adentro que para los demás, con una cadencia de siglos durmiendo en las postillas de sus nudillos, así cogía Curro el capote. Con el aire de esa orilla. Con la brisa que arrastraba los oles de Sevilla hasta el sueño de un chiquillo de Camas que le enseñó medio pecho al cante antiguo de la fragua: «A un toro en la plaza / no le temas tú tanto / como a una malina lengua / y a un testigo

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