La puerta grande como castigo

Salir en triunfo se ha convertido para los toreros en un palizón

Antonio Burgos
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Tengo en la memoria una foto taurina de 1966, con la neomudéjar puerta grande de Las Ventas al fondo. Tras cortarles las orejas a los toros de Antonio Pérez de San Fernando, los famosos «AP» que todas las figuras querían entonces, al término de aquel mano a mano inolvidable de la tarde del 28 de mayo, Antonio Bienvenida y Curro Romero salen a hombros. Van solemnes y venerados, escoltados por una pareja de la Policía Armada a caballo. La gente los aclama y aplaude desde la distancia del respeto. Nadie se acerca a tocarlos y manosearlos, y mucho menos a arrancarles caireles o alamares del vestido de torear. Van despacio, desde la puerta de los grandes triunfos, que para ninguno

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