El poder, bonita

Calvo ha desnudado las ideas de ese afán propositivo que debe tener la buena política para convertirlas en trinchera

Javier Rubio
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Las palabras de la vicepresidenta Carmen Calvo sobre feminismo en un foro de verano de su partido tienen una virtud por encima de cualquier otra: nos recuerdan que el fin primordial de un partido político no es la defensa de unas ideas que propone a la sociedad, sino el ejercicio del poder a toda costa. Y no hay más que hablar, bonita. Con ese tono entre chulesco y desenfadado, como de kermés de señoras estupendas que se recriminan las unas a las otras sin faltar pero con todo el desprecio posible acumulado en ese adjetivo condescendiente convertido en hiriente por el retintín con que lo ha pronunciado. Sí, esto es cosa nuestra y no conviene que nadie venga a entrometerse.

Uno, en su ingenuidad mantenida a pesar del escepticismo habitual, pensaba que no cabía mayor orgullo que convencer a la mayor parte de la sociedad por la vía de los argumentos y que ese era el más simbólico triunfo de una ideología o del partido que la sostiene. A los socialistas le debemos el descanso dominical, sí, en el que Pablo Iglesias (el genuino) se fajó a principios de siglo; un plan hidrológico nacional que nunca pasó del papel en los años treinta y otras conquistas como la sanidad universal que Felipe González (el pionero) implantó en los años 80. Por el tronco del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza trepó la savia de que la igualdad de oportunidades educativas era el más eficaz ascensor social, pero todo ese entramado se fue desmontando, primero con la Lode de Maravall hasta llegar a la Logse y sus epígonos.

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