PÁSALO

La playa de los caídos

Las cruces amarillas de Canetde Mar son la penúltima pamplina de unos tipos a los que les viene corta la cárcel

Felix Machuca
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El supremacismo y la xenofobia siempre te conducen al mismo camino, alumbrado por antorchas flamígeras en honor de la memoria del líder y con cruces ardientes en las puertas negras de los otros, de los que no se subordinan a la infamia del clasismo ni a la intolerancia de los que se creen superiores. Ya sean de un signo o de otro, tales excrecencias del pensamiento más cavernario, acaban siempre buscando un enorme valle sagrado para perpetuar la demoníaca fe que los alimenta, clavando cruces de piedras o de madera pintadas de amarillo. En Canet de Mar, una población costera del Maresme barcelonés, los mismos que han destrozado aquella comunidad, fracturando familias y amistades en base a mentiras e infamias económicas, culturales y racistas; digo que en Canet de Mar, unos perturbados eligieron las rubias arenas de una de sus playas para convertirlas en un valle de cruces amarillas. Cruces que, sin dudas, simbolizan la penúltima pamplina rencorosa de unos tipos a los que les viene corta la cárcel y, más chico aún, el frenopático. Convirtiendo la playa en una metáfora del exterminio hispano. Ni que decir tiene que si cada cruz amarilla representaba una víctima como la señora que no sabía qué dedo le había fracturado la policía, la cosa adquiere tintes de aurora boreal.

Las imágenes les habrán llegado a ustedes vía redes sociales. Y no hay mucho más que explicar. Quizás sí que reflexionar. Porque en aquella comunidad, como anteriormente ocurrió en las Vascongadas, los días se van asociando, en su insoportable tiranía en el tajo, la universidad y en muchos pueblos y vecindades, a ejemplos de rebeldía y heroicidad. Vistos los cuales se nos debería caer la cara de vergüenza por tenerlos tan solos y abandonados. Sitiados por los independentistas de extrema derecha e intimidados por los de extrema izquierda, ser español y defender su españolidad en Cataluña, es hoy un acto de valor que pide a gritos medallas de reconocimiento. Y políticas decididas en Cataluña. La señora que quitaba las cruces del valle de la infamia con la que los independentistas habían escenificado una masacre inventada, como si aquella playa fuera Dunkerque, estaba pidiendo a gritos la solidaridad y el apoyo de la España que no se quiere enterar de nada y que se engorrina en sus más domésticas preocupaciones, dejando su aliento para los que allí pelean contra la barbarie, en un suspiro de tonadillera viendo las imágenes por televisión. No pidan más. Allí, como antier en las Vascongadas, están los que quieren ser más españoles. Cuando incluso está perseguido y multado serlo. Peleando el día a día contra una estructura de poder que Madrid sigue tratando con terciopelo, en vez de tirar de lija.

No es la economía, carajote. Como tantas veces se ha empeñado el celta corto en encontrar por ese camino la solución de los supremacistas vascos y catalanes. No es la economía, carajote. Porque a más dinero de los presupuestos más engordan sus estructuras políticas y ciudadanas donde alimentan el dragón del independentismo. Miren ustedes, los ingleses suprimieron por cuatro veces la autonomía del Ulster, por levantiscos. Y no pasó nada. Alemania le niega el referéndum a Baviera no por que lo pida el Puigdemunt de allí, sino porque es simplemente anticonstitucional. En Portugal, Francia y Alemania no es que permitan partidos autonomistas. Es que ni siquiera tienen plataformas regionalistas que puedan ser el embrión de una locura independentista. Italia es indivisible por definición y en Alemania el control de la educación es estatal. Y no pasa nada. Nadie ha condenado ni despreciado a estos países de la Unión por tener reglas intocables para sus asuntos internos. Aquí, en cambio, se multiplican las cruces amarillas del podrido hígado de la Cataluña envenenada por la hepatitis independentista que ponen en peligro tantas cosas de España. Y todo es timidez, encogimiento e inhibición. Esa España, como canta Jose Manuel Soto, heredera de Sancho y el Quijote, mis costumbres que no me las toquen, pide cada vez más fuerte que el celta corto haga lo que tiene que hacer en Cataluña. Más política y menos economía…

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