#Issou

Daniel Ruiz
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No he conocido a nadie con la mirada más triste que el Risitas. Entró un día en un bar en el que estaba. Su aspecto era desastroso, más propio de un indigente. Vendía postales de su rostro sonriente firmadas: pedía tres euros, sabiendo que por el regateo se quedarían en uno. Cuando lo conseguía, después de extenderte la postal con sus uñas renegridas, negociaba los bises: un par de carcajadas fingidas más a cambio de una caña.

Nunca me hizo gracia cuando el Loco de la Colina lo sacó. Más bien sentía que él y su cuñado se habían colado por un agujero de gusano desde la cena de los miserables de Viridiana. Como un trapo mojado, Quintero supo extraer

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