El Gran Simón: Sin miedo a volar

Pasa por ser uno de los primeros transformistas de la Sevilla que se desperezaba en los albores del cambio

Felix Machuca
Actualizado:

Extremadamente delgado, carente de lujo en su rostro, bizcotela como el león de Daktari, aquella fiera de los escenarios, principalmente de La Trocha, pasa por ser uno de los primeros transformistas de la Sevilla que se desperezaba en los albores del cambio político. Él mismo cosía para la calle de sus actuaciones los trajes de gitana con los que, ante un público enardecido y roto por sus gags, con una flor espantosa en lo alto de la cabeza, interpretaba de manera bufa a la Jurado, a Lola Flores, a todas las grandes del momento. Las colas para entrar en La Trocha de Manolo Bernal inundaban la calle. Gente que iba a buscar el aliento de la copa larga se lo cortaba las cosas que hacía y decía el Gran Simón. No era absurdo encontrarse en aquel escenario menor del absurdo a grandes del flamenco que actuaban al margen de los artistas de la casa. Farruco, Paco Taranto, Antonio Molina, Lole y Manuel, El Mimbre, Mario Maya, Isabel Romero… Carteles importantes a los que el Gran Simón le ponía la picardía de sus parodias y la piompa desbocada de las mariquitas más desenvueltas en los escenarios.

El pintor Juan Valdés era, por entonces, un asiduo de La Trocha. Y un buen amigo de El Gran Simón. Allí no solo se divertía uno. También se abrían muchas posibilidades para que artistas muy jóvenes como Valdés encontrarán su mercado. Al gran pintor extremeño le resulta inolvidable la parodia que El Gran Simón le hacía a Rocío Jurado cuando interpretaba «Señora». Puro esperpento con la sal gorda de los espetos cómicos de aquellas playas recién liberadas de la censura. Sardinas vivas de un carnaval nocturno que se negaban a ser enterradas por la mareas penales de otros tiempos. Salía El Gran Simón vestido de gala, con bata de cola y flor parabólica en lo más alto de la cabeza. Su estrabismo derrochaba polícromía como si fuera una faraona de Egipto. En una silla colocaba a un muñeco. Y empezaba a cantarle las puñalaítas de su desencanto: «Cuando supe la verdad/Señora/Ya era tarde para echar atrás/Señora…» Conforme la canción avanzaba y la letra se hacia una tragedia griega, el Gran Simón la emprendía a golpes con el muñeco. Llegada a la estrofa final, cantando aquello de «ahora nadie puede apartarlo de mí», el cómico ya rodaba por los suelos con el monigote harto de estopa.

Jesús Quintero recuerda que, una noche, en un taxi camino de La Trocha, donde iban El Gran Simón y algunos más, pararon en la Plaza Nueva. Llovía. Pero una mariquita a la que le llamaba Gasolina, súper y gangosa, no dejaba de regar con la manguera municipal. El Gran Simón bajó la ventanilla y le dijo: «Gasolina, hija, no ves que está lloviendo. ¿Para qué riegas?» Y con el octanaje puro y urgente que tienen los hidrocarburos sin refinar que mueven las meninges callejeras le contestó: «¿Qué quieres, que le eche serrín al suelo?» El Gran Simón elevó el tremendismo transformista a categoría de jardazo. Una suerte que dominaba sin miedo al vacío. Pinito del Oro necesitaba red. Nuestro artista, en un alarde de darlo todo por la patria del éxito, la rechazaba. En alguna fiesta rociera, cuentan, se asomó inopinadamente a un balcón de la casa y preguntó con el desahogo clásico del momento: «¿Habéis visto alguna vez volar a una mariquita?» Y El Gran Simón se tiró al vacío como si fuera un paraca de la base de Alcantarilla. Repitió salto del rano, qué más quisiera El Cordobés haberle llegado con su rana a los volantes del artista, en un casting que el hermano de José María Íñigo realizó en el despacho de Pulpón. Buscaba humoristas nuevos para su show televisivo «Esta noche… fiesta». Y allí se reunieron La Esmeralda, Paco Gandía, Josele Moreno, quizás El Garbanzo y El Gran Simón. El hermanito de Íñigo era más serio que un fiscal de los de antes. Y cuando empezó a preguntarle cosas a nuestro artista solo sabía ponerle inconvenientes: chistes de mariquitas están prohibidos, actuaciones como la suya no son del gusto de la dirección, no aceptamos que se rían de las grandes artistas…Nada positivo y todo negativo, como diría Van Gaal.

Finalmente, El Gran Simón, sabiendo que en la fiesta televisiva no había forma de colarse, le dijo al hermano de Iñigo: «¿Sabe usted cómo acabo mis espectáculos?» El sieso se quedó ojiplático. Porque vio al bizcotela subirse al despacho de Pulpón y practicar su salto al vacío. Yendo a caer, para doblarlo, sobre su malajismo, quedando el hermanísimo como las cucharas de Uri Geler… El Gran Simón fue un seísmo de grado siete en la escala sevillana del tremendismo de la piompa. En la pila de bautismo de la iglesia de Coria donde nació le pusieron Simón Merino Gallardo. Pero para aquellas noches que Sevilla anduvo por La Trocha del espectáculo fue siempre El Gran Simón. Quizás el primer transformista de una ciudad que también empezaba a transformar su mentalidad sin demasiado miedo al vacío…

Felix MachucaFelix MachucaArticulista de OpiniónFelix Machuca