LA TRIBU

La forma del agua

Cuando veo su abundancia, la siento como lo que es, la forma de la Diosa Fortuna

Antonio García Barbeito
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Sólo he visto el anuncio de la película y la noticia del Óscar a su director, Guillermo del Toro, pero confieso que el título despertó mi curiosidad desde que lo leí, porque el agua, todas las aguas, el agua melliza de los cántaros de mi casa, el agua honda y redonda del pozo, el agua sembrada de la lluvia, el agua violenta del grifo de los aguadores, el agua del chorro sereno de la alberca, el agua poliédrica de la noria, el agua deshilachada de los veneros, el agua dominante del río…; todas las aguas han sido para mí más que agua, fueron las distintas formas del agua. Personifiqué el agua desde que la descubrí, y como «animal vivo» la nombré y como animal vivo seguí llamándola; y a veces, muchas veces, como líquida resurrección de una fuerza humana.

Esta tarde, cuando el agua cae sembrada en la lluvia que va posándose en todos los espacios posibles, la veo caer en hilos desde el vuelo de la terraza, o la veo correr como hermoso reptil transparente, y la miro con un viejo cariño de costumbre. De chaval, en el río, alguna vez creí que el agua podría atraparme y llevarme con ella —siempre imaginada mujer— a sus insondables aposentos. Aquel abrazo que ocupaba todo cuanto de mí tenía, lo sentía a veces como un abrazo de pasión y otras como si no sé qué fuerza submarina me amarrara con cordeles líquidos, sin nudos, sí, pero sin poder escapar de ellos. Las formas del agua están en mi imaginación desde que la miraba correr por las cunetas, rociada como siembra a voleo cuando regaban las delanteras de las casas, en el pilón de los animales, en los charcos donde amaraban avispas y zapateros, en las superficies de las lagunas donde las golondrinas bordaban círculos sin bajar de su vuelo, en las cubetas de los pozos, tan sonoras, celebrando no sé qué alegría de superficie, cuando llegaban al brocal como si la soga acabara de salvar a una muchacha de agua… Las formas del agua. Las formas que están levantando el campo, que están amamantando árboles, sembrados, dehesas, barbechos, todo lo que precisa del agua, de las formas del agua. Tiene ahora el agua forma de laguna, y de charco, y de arroyo crecido, y de gavia que no puede con lo que le llega, apretada forma; y tiene forma de capital en los bolsillos de la tierra —¡no son chaparrones, son monedas de oro…!—, de lotería premiada en las manos del día. Y si cuando niño la veía como sirena de río a la que soñé enamorar por las veras verdes y lujuriosas, ahora, cuando veo su abundancia, la siento como lo que es, la forma de la Diosa Fortuna. Y la miro, me inclino, le rezo y le doy gracias, porque sé que en esa forma hay mucho de divino.

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