Esto va por el chico y el marqueño

Romero cumple 60 años como mito sin olvidar jamás su origen

Alberto García Reyes
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En su calle, ningún niño fue a la escuela. Francisco, Andrea y sus tres hijos vivían en un corral con un pozo ciego, dormían bajo el mismo techo, bajo las mismas goteras. Y con doce años todos estaban ya trabajando para arrimar la miga a su casa. A Curro le tocó el campo. Gambogaz. La finca de Queipo. Se levantaba a las cinco de la mañana para darle de comer a las vacas. Por eso las conoce desde antes de tener uso de razón. Sabe cómo miran, cómo rumian, cómo se defienden. Pero él prefería las ovejas. Se metía debajo de una manta, que era su paraguas -«no pesaba ná...»-, y desde allí, empapado, las contemplaba sin prisa. Y un

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