#Decencia

Al lado de los que nos gobiernan o pretenden gobernar, cualquier político de los 80 me parece Winston Churchill

Daniel Ruiz
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Es curiosa la manera en que el debate político se ha aposentado casi exclusivamente en la cuestión de la formación, desprendiéndose de otros asuntos habituales en la agenda de los reproches, como el paro o la milonga catalana. Se trata, supongo, de una nueva sensibilidad propia de la nueva política: la que representan Sánchez, Casado o Montón, a salvo de los traumas de la generación precedente que hizo posible laahora tan discutida Transición. Estos políticos nuevos, con la ayuda de flamantes spindoctors, estaban llamados a enarbolar una nueva manera de ser y estar en la política, despojada de caducos lastres.

El desconsuelo es comprobar, sin embargo, que la nueva política resulta mucho más zafia, más vulgar y más vacía que la de décadas precedentes. En ella, las habilidades retóricas han sido sustituidas por las malas artes del copypaste. Yo, que crecí con el soniquete familiar de que Felipe González era un corrupto y Aznar un mentiroso, compruebo desolado el paisanaje de la política española y sólo me dan ganas de llorar. Al lado de los que nos gobiernan o pretenden gobernar, cualquier político de los 80 me parece Winston Churchill. La vergonzosa cuestión de los trabajos copiados, incluso de la Wikipedia, es sólo un síntoma de algo mucho más dramático que debe interpelarnos a todos los que compartimos más o menos generación con esta calaña: la falta absoluta de moralidad. Me gustaría poder decir que los políticos de hoy son mucho mejores que los que tuvieron nuestros padres. Que las duras circunstancias que hemos vivido en la última década han favorecido líderes más comprometidos, más honestos, más fiables. Pero la única realidad es que ni uno sólo de ellos superaría la asignatura de decencia democrática. Aunque la cursaran en la Rey Juan Carlos.

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