Aquellos rojos

Empezaron a dejar sus puestos de milicianos y llamaron arriba para que les buscaran sitio entre las hombreras con estrellas

Antonio García Barbeito
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Decían que venían a salvar Andalucía. Llegaron de distintas provincias hermanas y parecían, por su aire, los salvadores de nuestra región. Muy dinámicos; cultos y jóvenes, algunos de ellos, metiéndose con los sevillanos y con Sevilla –«¿Y por qué no te has quedado en tu tierra, si, como dices, es más completa que la mía?», le dijeron a uno que me mostró la noche de su ciudad como el reino más completo—, que aquí éramos unos catetos que no salíamos «de Curro y la Macarena»… Decían que eran muy de izquierda, socialistas de avanzadilla, cuasi unos milicianos populares que despreciaban a muchas personas que, según sus apreciaciones, eran sólo carcas. Y empezaron a ganar posiciones, y a traerse a más compañeros para su particular —o no era tan particular— golpe al sistema que estaba en manos de cuatro trasnochados que lo frenaban todo, que se aprovechaban de todo, que vivían del presupuesto y tenían esclavizado al pueblo con la desinformación y las puertas tabicadas; digamos, con una nueva versión del nacionalcatolicismo.

Aquellos luchadores que decían que no tenían ni sed de poder ni ambición de cargos o dinero, que se llamaban románticos, un día probaron, ay, qué error, la fruta del árbol prohibido, probaron las manzanas que comían los carcas, y las manzanas se convirtieron en cigalas, gambas, actos muy importantes; y la ropa sport se puso corbata, y una chaqueta «de vestir», y un traje, y cambiaron de coche, y empezaron a juntare con gente del poder, aunque, eso sí, seguían diciendo que su lucha era por la cultura y la libertad del hombre, por la democracia y la honradez, la transparencia, y a ver si vamos acabando ya con tanta pandereta barata, tanto mito taurino y tantas Vírgenescargadas de oro. Y, ay, la puta manzana hizo estragos. Empezaron a dejar sus puestos de milicianos y llamaron arriba para que les buscaran sitio entre las hombreras con estrellas. Y uno aquí, otro allí, y uno tira del otro y el otro tira de cinco o seis y, como cerezas, se juntaron en el mismo sitio de los dineros, digamos en el chalé y el coche oficial. Desde hace muchos años, manejan presupuestos enormes y en vez de cultura nos dejan mierda; en vez de libertad, compadreo con los suyos. Se han colocado en la basura, están ricos podridos por los cargos donde ejercieron su chulería, y no hablan de cultura, ni de lucha de base, ni, claro, del estercolero con el que colaboran, ese que tantos éxitos les dan con los esclavos semianalfabetos. Y no hacen nada por nadie, aunque sean de aquellos que llamaban suyos. Sálvese quien pueda, pero valiente partida de sinvergüenzas desembarcó aquí en los ochenta…

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