Aprender a andar de nuevo

Patricia tiene que aprender a andar de nuevo, sin los dibujitos en el aire que dejaba la sonrisa de su hijo

Felix Machuca
SEVILLAActualizado:

La entrevista que el lunes pasado le hacía Carlos Herrera en la Cope a la madre de Gabriel Cruz, dolorosa en su compasión y madre universal en su angustia y traspaso, ha sido una de las más difíciles a las que se ha enfrentado el grandísimo periodista andaluz. Y les juro sobre la piedra negra de Roma que le he visto hacer algunas entrevistas a lo largo de su ya amplia, dilatada y extensa carrera periodística, tanto en la radio como en la televisión. No tuvo que ser nada fácil preguntarle a una madre abatida y deshecha por la tragedia más grande que pueda tocarle a una madre en su vida. La muerte de un hijo. La muerte tan brutal de su hijo. Porque a la pérdida de su sangre le sumó el destino los ribetes diabólicos de un final tan canalla y deleznable. En ese tipo de entrevistas el que las hace suele perder el asalto con el periodismo, doblegado por la consideración hacia el dolor ajeno, apocado por la humanidad que te inspira tanto y tanto dolor, noqueado quizás por la dimensión abisal de la tragedia. Herrera se enfrentó, como él mismo ha confesado, a una de las entrevistas más difíciles de su vida. Para descubrirnos no lo que ya sabemos de su cátedra periodística. Sino para mostrarnos, en las carnes vivas de una entrevista abierta en canal, la profunda categoría humana de una madre que es para palio, incienso y una marcha tan hermosa como Amarguras.

Con las lágrimas asomándose al balcón de sus ojos tan tristes y el relato de su voz ensartado en quejíos saeteros, esa madre le rindió el tributo obligado al dolor y a la impotencia, al amor y a la soledad, al dulce nombre de su Pescaíto y a la victoria de la razón sobre el odio, dejando siete palabras en el micro para que se nos cayeran los palos del sombrajo. Esas siete palabras donde le pidió a los leones del circo de este mundo enredado en el veneno de las redes sociales que fueran más pececitos que tiburones, más arcángeles que ángeles caídos, más esperanza que besos de Judas. Dejar traslucir tanta generosidad personal y tan enorme grandeza humana en un momento donde solo tu alma debe empujarte a romper el cristal del mundo de una pedrada inapelable, a mí me dejó sin aliento para toda la mañana. Desarmado y cautivo por las palabras de una madre que sacó del dolor insoportable de tanta angustia, una lección de serenidad y buen corazón. Fue uno de los momentos más intensos que he oído en la radio. Y eso que, lamentablemente, nunca nos ha faltado en esta España en la que el luto por los ausentes apaga la candelaria que alumbra la Justicia, un año donde una Marta, una Diana o una Sandra no nos hayan puesto una corbata de pena debajo de la nuez.

Patricia Ramírez destruida ante el paisaje arrumbado y lleno de escombros emocionales que el destino le deparó a su descoyuntada suerte, le confesó a España que ahora tendría que empezar a saber caminar, a saber andar de nuevo. Un volver a empezar sin ninguno de los estímulos que te da la vida para emprenderla por vez primera. Cuando aún no te ha rozado la miseria de los días ni el abandono de los sueños. Esa frase detuvo el tiempo. Frenó las manillas de ese reloj cotidiano que marca nuestras horas sin sobresaltos, donde lo más urgente es saber con quién vas a intercambiar copas y risas. Y a las que no siempre les damos el valor que tienen. La cotización tan alta que posee, como el oro, en sí mismo, al ser el reflejo del sueño de los dioses. No hay nada más caro que la normalidad. Ni tampoco menos valorado. Amohinarse por aburrimiento debería estar contemplado en el código penal, cuando de tanto dolor y angustia nos libra nuestro ángel de la guarda… por ahora. Patricia se ha quedado sin su pez de colores, la alegría de sus mejores jornadas en la vida. Y ahora tiene que aprender a andar de nuevo, a recobrar los pasos que ha perdido en este valle de lágrimas, a vivir sin los dibujitos en el aire que dejaba Gabriel con su sonrisa. Aprender a vivir de nuevo. No es tan fácil. Sobre todo cuando hay salvajes que escriben que a la presunta asesina se la odia por negra, inmigrante y mujer. Estas cosas sí que se deberían revisar en caliente…

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