EL RECUADRO

Adiós, Manuel Olmedo

Representaba en aquella Redacción de ABC de la que era jefe del turno de noche el espíritu del viejo periodismo sevillano

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Este verano, ay, querido Manuel Olmedo, ya no nos encontraremos en Matalascañas, en el edificio de la Prensa, ante de las sandías gordas y coloradas del puesto de Petra. Tú venías como lo que eras, como un señor, con tus pantalones de mil rayas, tu guayabera y tu blanca gorrilla, de dar el paseíto mañanero, con la fresquita, que tan bien te mantenía a tus noventa y tantos años. Te destocabas, yo me quitaba mi jipijapa en tu honor, y te repetía la frase de tu vieja broma de la Redacción de ABC de Cardenal Ilundain. Frase quizá aprendida de tu padre, interventor del Ejército en el Marruecos del Protectorado antes de ser redactor y luego director de ABC. La frase de aquel oficial caradura que se presentó a examen para cobrar el plus de hablar árabe rifeño, cuando el tribunal le dijo que pronunciara la frase que le diría a un moro notable:

-¿Familia güina, vender güivos, correr por kabila?

Era, querido Manuel Olmedo Sánchez, apreciado número 1 de la Asociación de la Prensa, decano de todos nosotros, nuestra frase ritual de saludo, en recuerdo de aquellas noches de cierre en una Redacción de plomo y teletipo en la que nos contabas tus mil anécdotas. Ya no nos encontraremos más, ay, Manuel, en nuestros paseítos mañaneros de la playa, ni te quitarás tan caballerosamente tu blanca gorrilla, ni tendrás para mí una frase amable y cariñosa antes de que nos saludemos con la vieja anécdota a modo de cómplice respeto y amistad:

-¿Familia güina, vender güivos, correr por kabila?

Manuel Olmedo representaba en aquella Redacción de ABC de la que era jefe del turno de noche el espíritu del viejo periodismo sevillano, el que Don Juan Carretero se había traído con lo mejorcito de «El Noticiero» y «El Liberal». Olmedo lo fue todo en ABC, hizo de todo: desde crítica de arte de la obra de sus amigos los pintores de Sevilla a crítica de toros, en la que, como un homenaje a su padre, don Antonio Olmedo, que se firmaba «Don Fabricio», se puso «Don Fabricio II». El otro día, aniversario de aquel Jueves de la Ascensión de Curro Romero con los seis toros de Urquijo, alguien recordaba que la crónica que le dedicó Olmedo, digo, Don Fabricio II, era una obra de arte que no desmerecía de la que el camero había hecho en la plaza.

Y el humor. Siempre en sus labios, entre las prisas del cierre y el barullo de los teletipos, una genialidad de su humor. O un cante clásico, con su voz de tenor. De pronto, cuando más enfrascados estábamos, Manolo Olmedo se iba a un extremo de la larga mesa de Redacción y se arrancaba con una zarzuela: «La roca fría del Calvario / se oculta en negra nube,/ por un sendero solitario / la Virgen Madre sube». O se dirigía a mí, o a José Antonio Blázquez, o a Ricardo Ríos, y nos preguntaba:

-Niño, ¿tú sabes qué le canta el artillero a la bomba que acaba de disparar su pieza? Pues le canta: «¡Adiós, Granada,/ Granada mía!».

Nunca le vi un mal gesto, ni le oí una palabra desabrida, y mira que lo tuve años de redactor-jefe. Yo no sé cómo se las aviaba para escribir su crónica de toros e inmediatamente ponerse a dirigir, con su batuta de director de zarzuela, a aquellos loquitos de la Redacción de noche. Sabía de pintura sevillana más que nadie, de técnicas. Sobre ellas, como químico que era, hizo su tesis doctoral cuando ya se jubiló como periodista y como crítico taurino. Menos mal que ya «Don Fabricio II» no hacía las crónicas de ABC el 13 de septiembre de 1992, cuando un novillo del Conde de la Maza le partió el corazón a su yerno, al gitanísimo y genial banderillero Ramón Soto Vargas, su yerno, casado con su hija Chiqui. Yo creo que Manolo Olmedo, crítico de arte, crítico de toros, decano de los periodistas, aun con una sonrisa en los labios, llevaba por dentro siempre ese dolor cuando nos encontrábamos en Matalascañas cada verano y evocábamos el camarote de los hermanos Marx que era aquella vieja Redacción. Ya no te quitarás más tu blanca gorrilla, ay, Manuel, para preguntarnos ceremoniosamente si «familia güina», nosotros que corrimos juntos, vendiendo «güivos» de páginas de tipografía, tantas noches en aquella kabila del periodismo.