CARDO MÁXIMO

De la ira

Cuándo se dio en llamar «concentración solidaria» a lo que siempre fue una turba presta al linchamiento

Javier Rubio
Actualizado:

No quiero concederme —fuera de uno, sólo hay selva— ni un minuto de ira. Lucho por embridar los caballos de la cólera que, desbocados, corren por el ágora arrasando con todo a su paso. «¿Qué hay más repugnante que la ira?», se preguntaba Séneca en la obra que dedicó a esta pulsión destructiva que sólo ha traído dolor al mundo como una matrona que hubiera parido hijos monstruosos: la discordia, la guerra, la crueldad. La ira deforma el juicio, ciega el raciocinio y nubla el entendimiento. ¿Qué cosa más cruel que la rabia? Conviene imponerse obstáculos, parapetarse en la frialdad de la mente y echar mano de los frenos de la conciencia para debilitar la nube que vela los ojos.

El largo viaje de la Humanidad —desde los tiempos de Séneca, por lo menos— ha sido reprimir por todos los medios los accesos de ira. El edificio judicial está sustentado precisamente sobre este requisito y la sociedad en su conjunto se ha cuidado en todo tiempo de dar rienda suelta a esa fiera que habita lo mismo en el hombre exaltado que en el apático, lo mismo en el calculador que en el impulsivo. Nadie está libre de su azote con sólo concederse un instante. La ira nada consigue ni nada obtiene en su precipitación. Es obcecada e irreflexiva, una tormenta que desarbola al navío más poderoso tronchando el palo mayor de la compostura y la circunspección.

Por eso resulta tan llamativa que una sociedad entera se eche en brazos de la ira como expresión de la espontaneidad en los sentimientos. En qué momento decidimos prescindir de las cautelas para abandonarnos a los primeros impulsos de la pura animalidad. En qué momento se decidió jalear esas erupciones del carácter que son los exabruptos en personas que por su posición o su trayectoria debieran reprimir tal furor verbal que no conduce a nada. Cuándo se dio en llamar «concentración solidaria» a lo que toda la vida de Dios vino siendo una turba presta al linchamiento exigiendo a la autoridad que les entregue al reo. En «De la ira», el filósofo cordobés sostenía que «la ira no descansa en nada, ni se alza sobre cosa firme y duradera; solamente es humo y viento, y tanto dista de la grandeza de ánimo como la temeridad del valor».

En medio de esta locura colectiva, sólo la madre del pequeño —cuyo dolor inmenso no podemos ni atisbar en una millonésima parte— ha venido a poner cordura y a recordarnos que nada puede nacer de la rabia. Iba a decir que la lección que nos ha dado esa mujer menuda y frágil de apariencia no se nos olvidará, pero sé que no es verdad: seguiremos teniendo como norte de nuestra existencia la idea romántica de que los sentimientos exacerbados deben guiar la conducta como lo más natural del mundo. La selva, a qué negarlo, puede presumir de naturalidad.

Javier RubioJavier RubioRedactor jefeJavier Rubio