¿Por fin la Zona Franca?

La reforma del polígono exterior es tan necesaria que ya no caben más excusas ni retrasos

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A principios de la década que ya está cerca de su fin, y de la anterior, fueron frecuentes las inauguraciones de nuevos edificios en la Zona Franca de Cádiz. Cada una de ellas tenía mucho de simbólico. Eso de presentar un nuevo contenedor de empresas en los tiempos que corrían suponía una declaración de intenciones. Sólo por lo que significaba de inocente optimimo, de cándido arrojo, ya parecía conveniente. Venía a decir que los promotores del espacio entendían que hay empresas interesadas, que hay actividad para dotar de sentido y contenido ese lugar que acababan de ofrecer. Eso es lo que sucedió en la Zona Franca de Cádiz con edificios como Europa o cuando se anunció la resurrección de lo que fuera Altadis con Torrot dentro.

El Consorcio es uno de los pocos motores fiables que le quedan a la economía de toda la Bahía de Cádiz y el hecho de que presente alguna novedad, siquiera formal, siquiera de espacios sin contenido claro, siempre supone un golpe en la mesa, un ejercicio de confianza en el presente y en el futuro.

Pero, además, esa muestra de fe en la recuperación económica debe tener continuidad y expansión. Sobre todo al cinturón de naves oxidadas y vacías que rodean al recinto fiscal de la Zona Franca. La que fuera alcaldesa de Cádiz de 1995 a 2015 fijó durante el último tercio de sus mandatos ese reto como una obsesión. Hablaba frecuentemente de la reforma integral del polígono exterior, de esa amalgama de naves que alguna vez fue definida, incluso institucionalmente, como «chabolismo industrial».

Ayer, ese proyecto imprescindible volvió a oírse, a verse, volvió a decirse. Haya o no síntomas sólidos de mejoría en lo financiero, en lo económico, es buena idea prepararse, mantener el rumbo firme y los remos activos para que, cuando cese la tormenta, la nave colectiva haya avanzado algo y, sobre todo, esté en disposición de recuperar una velocidad de crucero que consiga crear y repartir riqueza. Esa sensación se encargaron de transmitir ayer los responsables de impulsar –¿de una vez por todas?– la transformación del entorno del recinto fiscal. De la suerte de su empeño dependen mucho los números con los que Cádiz tendrá que lidiar dentro de unos pocos años. Apenas hay más velas para mover la ciudad que el puerto y la Zona Franca.