Un veneno como la torre de Preferencia

Juan Carlos, que huyó de credos y patrias, se marcha dejando una religión y una nación hecha de versos y notas

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Escribir. Juntar letras. Ponerle música quizá. Convertir esas sílabas, esas notas en rezos, en parte del corazón de una patria comprimida en 13 kilómetros cuadrados donde vive cualquiera que sienta el Carnaval. Juan Carlos Aragón, el hereje, el forajido, se ha ido como mártir, como profeta, como dios. En estos dos días, como cuando llegaban esos pasodobles suyos esperados y temidos, no se ha hecho otra cosa que tratar de escribir sobre el más humano de los genios, del que se la podía dar de artista sin dejar de ser pantera. De quien ya escribió que los que pasan a la historia no tienen final. Es difícil hallar un adjetivo que no suene a manido, una frase para Aragón que