José Landi - OPINIÓN

Todo por la patria

El que abre un restaurante, bar o chiringuito lo hace para dar lustre y horizonte a la 'marcacadi', para fomentar su cultura y su gastronomía, para atraer con su sacrificio personal un turismo y una promoción impagables

José Landi
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Los que te ponen una terraza en lo redondo de la casapuerta rectangular lo hacen por Cádiz. No te quedes con lo fácil. Los que sepultan calles y plazas en logotipos de cerveza o las llenan de mesas y sillas de plástico tienen como único fin garantizar a sus paisanos –usted y yo– un medio de vida futuro. Si extienden veladores lo hacen para velar por su ciudad. El empleo siempre fue su desvelo, así estuvieran a dos velas. Los números lo demuestran. De empleo les vas a hablar...

El que abre un restaurante, bar o chiringuito lo hace para dar lustre y horizonte a la 'marcacadi', para fomentar su cultura y su gastronomía, para atraer con su sacrificio personal un turismo y una promoción impagables. Nada que ver con impagos, eso va 'fueraparte'. Son los que luchan para que cada año venga otro millón más de personas que nos echen monedas en el platillo antes de volver a su ciudad de las perdices.

Si a esos restauradores (no de cuadros y monumentos) se lo pides muy fuerte, si lo deseas mucho tiempo con los ojos cerrados muy apretados y aguantas la respiración, esos 'empredelovers', todos, están dispuestos a hipotecar el resto de su vida sólo por ti. Hasta ahí son capaces de llegar por Cádiz, España y la Humanidad. Si no quieres que la gente llegue a esos extremos de sacrificio por ti, pues no lo pidas, cojones, vamos a pensar las cosas antes de hacerlas.

Una vez, unos tipos que se habían forrado deprisa en distintos sectores emergentes, amargantes y cíclicos (vulgo, publicidad, inmobiliarias u otras formas de repugnante intermediación) abrieron una empresa de bebidas (concretamente 'aguachirri') en esta tierra quemada. Dijeron sin rubor que lo hacían «por Cádiz».

Al poco, me crucé con un amigo de la infancia que trabajaba, asalariado, con ellos. Amargado, me dijo que se iba, que eran unos esclavistas ávaros que le malpagaban por jornadas interminables y le habían obligado a pagarse todos los gastos de Seguridad Social, cotización y demás. «Será que el Cádiz por el que querían luchar tanto no te incluía» dijimos para sonreír.

Me extrañó. Un trabajador malpagado, acorralado por trampas de sus patroncitos, en Cádiz, en España. No es normal, algo fallaba. Todos conocemos, hace mucho, que las condiciones laborales en la hostelería y otros tantos gremios son ejemplares. Es un área que por fortuna se ha librado de la picaresca empresarial rampante en este país y en el resto del orbe: nunca sirvió de refugio a bandarras y buscavidas.

Algunos, muchos, empresarios hosteleros y autónomos, como sus colegas taxistas, se caracterizan por un humanismo vastísimo, como su fiabilidad, han hecho gala de un rigor máximo y un concepto de ciudadanía, de colectividad, tan elevado como el Teide. Aún no sé que pudo pasar. Pero por si acaso, cuando alguien me dice que hace algo por su ciudad o su país, que pone el pecho por delante lleno de nacionalismo, localismo, sectarismo, o cualquier término que acabe en lo mismo, me tiro al suelo y me meto debajo de la mesa.

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