OPINIÓN

La sonrisa de Mágico González

Era el año 83, estaba sentado en El Barril y nos saludó con una alegría y efusividad que nos hizo sentir importantes

Ignacio Moreno
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La primera vez que vi a Mágico González en vivo y en directo no fue sobre un terreno de juego. Estaba sentado en una mesa de El Barril –lo que hoy viene siendo el McDonald’s, aclaro para aquellos nacidos más allá de los años 80– y nos saludó a mis amigos y a mí con una efusividad que nos hizo sentirnos importantes. Imagínense. Cuatro imberbes de unos once años en bañador, rumbo a la playa, que de pronto ven en una terraza a su ídolo. Hasta entonces sólo lo habíamos visto en alguna foto y en las estampas de la colección del álbum del Mundial 82, vestido con la camiseta de El Salvador, que venían con los yogures Danone. Justo al año siguiente fue la primera vez que mi padre me llevó a Carranza, pero hasta entonces sólo podía ver al Cádiz en los resúmenes de Estudio Estadio los domingos por la noche. Cuando lo vimos allí sentado no nos atrevíamos ni a saludarle. Pero al percatarse él de que nos habíamos quedado casi petrificados mirándole, nos llamó, nos sonrió como si nos conociera de toda la vida, nos saludó con entusiasmo y siguió charlando, con su cervecita y su plato de gambas presidiendo la mesa. Este último dato sobre lo que había pedido en realidad no puedo confirmarlo al cien por cien, pero en base a mis visitas previas con mi abuelo a El Barril, es lo más probable por pura estadística. Todo el mundo pedía allí su cervecita y sus gambas.

Todos tenemos un pasado y nos persiguen nuestros fantasmas. Uno de los míos es que a la camiseta Meyba del Cádiz que me trajeron los Reyes ese año nunca le puse el número 10 a la espalda. Era joven, ingenuo, sin visión de futuro. Jugaba con ella a todas horas. En las ‘elimis’ a veces me pedía ser Escobar, otras Pepe Mejías, otras Mágico González. Utilizaba siempre esa camiseta y por eso no llevaba número. Entonces no la valoraba lo suficiente. Cuando se me quedó pequeña y mi madre se deshizo de ella tampoco le di mayor importancia. Ya digo que era joven e inocente. Quizá pensaba que Meyba seguiría fabricando camisetas por los tiempos de los tiempos y ya me compraría otra. No fue así. Después vinieron Elements, Massana, Kelme... pero ninguna como aquella. Porque aquella era la de Mágico. Ese Mágico al que después de aquel primer encuentro sí vi marcar golazos en Carranza. Y hacer jugadas y regates increíbles. Del que leía las broncas que tenía con David Vidal. El que se fue un verano de gira con el Barça y más tarde al Valladolid sin que nadie aquí lo echara de menos, por más que ahora digan. Y que luego volvió. El que construía un mito que ha durado hasta hoy.

Pero yo me quedo con el de ayer. Con el de mi infancia. El Mágico de hoy, al que han paseado y exhibido como en una feria, no es el que yo vi. El mío es el que nos sonrió en 1983.

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