OPINIÓN

Síndrome posvacacional

Volver a los madrugones y a la cotidianidad laboral no es, obviamente, la perspectiva más apetecible, aunque tampoco es plan el incluir la vuelta al trabajo dentro de la Clasificación Internacional de Enfermedades

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El verano, aunque las temperaturas se nieguen a aceptarlo, está dando sus últimos coletazos. Dentro de unos días volveremos a empezar, como corresponde, con las respectivas obligaciones laborales, con el retorno a los colegios y, en Cádiz, con la campaña de prevención de ahogamientos en la playa. Así que ahora llega el momento de tener que sufrir lo que ha venido en llamarse síndrome postvacacional, con esa manía generalizada que tenemos por convertir en patológico cualquier cosa que nos resulte poco agradable.

Hay que reconocer que volver a los madrugones y a la cotidianidad laboral tras largas siestas de hamacas no es, obviamente, la perspectiva más apetecible, aunque tampoco es plan el incluir la vuelta al trabajo dentro de la Clasificación Internacional de Enfermedades, propuesta ésta que no tardaremos mucho tiempo en ver materializada ante algún organismo de los competentes en la materia, con la demanda aparejada de baja laboral como único tratamiento eficaz. Y eso que lo de la preparación del curso o lo ajustes, reajustes, de las cuentas para abordar los colegios, la ropa, el material escolar y todo lo demás, justifiquen más de un dolor de cabeza.

Los que no corren el riesgo de padecer los enojosos y molestos síntomas de la vuelta a la rutina son los que, por obligación o por devoción, no han podido dejar de trabajar durante este verano. Entre los primeros, todos aquellos que han permitido que los demás pudiésemos disfrutar con tranquilidad de nuestras vacaciones, entre ellos los profesionales de los servicios hosteleros, los encargados de mantener limpios y agradables nuestros destinos de descanso, todo el personal sanitario y así un largo etcétera que incluye, por supuesto, y especialmente en nuestra provincia, a los profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que, durante todo este verano, les ha tocado trabajar a destajo y que, a la vista de los últimos acontecimientos, como los de Ceuta, lo del síndrome postvacacional les sonará a broma, pero de las pesadas.

Otros, los menos, han sabido, inteligentemente, compaginar el descanso con el trabajo, asegurándose así un rentrée menos dura. Es el caso, por ejemplo, de Puigdemont que ha compaginado sus tournées vacacionales europeas con la participación en foros de postín o con elaboración de demandas en los tribunales aunque, realmente, no sea este señor el arquetipo de currito que se plantee una vuelta al tajo a la manera tradicional; más bien es de aquellos empecinados en dar quehacer extra e innecesario a los demás. Aunque una cierta responsabilidad también la tienen aquellos que se dejan, porque a ver que pintan los tribunales belgas juzgando a España y a un juez español, o que todo un Consejo de Ministros, en pleno mes de agosto, se ponga a discutir sobre si es pertinente o no que el Estado defienda a un juez por actuar como corresponde en el ejercicio de sus funciones y responsabilidades ¡Como si no estuviera claro!

Desde luego hay gente que no tendrá, seguro, síndrome postvacacional, lo que no quita la necesidad de tomar medidas para evitar los potenciales efectos nocivos de las altas temperaturas estivales, y este año ha sido especialmente caluroso, sobre el adecuado funcionamiento del engranaje neuronal.