Yolanda Vallejo - Opinión

Sin ética ni moral

Cadena Perpetua es un clásico del cine carcelario.

Yolanda Vallejo
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Cadena Perpetua es un clásico del cine carcelario. La película, basada en un relato de Stephen King, cuenta la historia de Andy Dufresne, condenado a la máxima pena de internamiento, desde su ingreso hasta su fuga del centro penitenciario. Y aunque no están los tiempos para hablar de cárceles, y muchísimo menos, de fugas –nada más lejos de mi intención–, sí me detendré en la escena en la que quizá se encierra toda la esencia de la película. Usted también la recuerda, seguro. Como respuesta a sus múltiples peticiones, Andy Dufresne recibe del senado estadounidense una dotación económica para montar una biblioteca dentro de la cárcel. El concepto de biblioteca como redención y reinserción social es tan habitual en los Estados Unidos como ajeno lo es a nosotros, pero en fin. Los presos comienzan la catalogación de los libros y su clasificación bibliográfica, y en un momento determinado uno pregunta «¿En qué sección ponemos ‘El Conde de Montecristo’?» a lo que responde el protagonista «En educación». Y al espectador, que como usted o como yo, haya leído la obra de Dumas, no le hace falta más para soltar una carcajada. En educación.

A la mayoría de los jóvenes de ahora, la anécdota no les dice absolutamente nada. Ni han leído ‘El Conde de Montecristo’, ni saben quién es Dumas, ni posiblemente han visto la película de Tim Robbins. Creen que ni falta que les hace. No es culpa de ellos, o no sólo. En los últimos años, las humanidades se han convertido en la excusa perfecta del fracaso del modelo educativo en nuestro país, un modelo que distorsiona tanto las expectativas como la realidad. Nos dijeron que el progreso se escribía con números y el naufragio con letras. Que las ciencias adelantan que es una barbaridad, mientras que las letras nos llevan directamente a los últimos puestos de las listas de lo que sea. Y lo peor es que hemos llegado a creerlo. La LOMCE, esa ley que es como el perro del hortelano, –y de la que no se sabe, a ciencia cierta, si está en vigor o no– se encargó de relegar aún más la asignatura de Literatura Universal, haciéndola desaparecer de segundo de Bachillerato, y por tanto de la PAU –vulgo, Selectividad–. ¿Y qué más da?, dirá usted, que está también convencido de que la historia en el futuro se escribirá con cifras. Pues le diré lo que da.

Eliminar el estudio de la literatura universal –de una pequeñísima muestra de la literatura universal– no es solo una decisión burocrática o administrativa. El mensaje subliminal de todo es tan triste como desolador: las letras no son productivas, ni sirven para nada. El peor ministro de la historia –vulgo Wert– lo dijo por activa y por pasiva «los universitarios no deben estudiar lo que quieren, sino lo que propicie su empleabilidad», como si la Universidad fuese la academia de Operación Triunfo. Y lo dijo y se quedó tan tranquilo, tal vez porque la ignorancia es la más osada de todas. Y lo dijo con el aplauso de muchos de los que ahora también están a la misma sombra que el protagonista de Cadena Perpetua.

La Universidad no es una fábrica de empleos, mucho menos en un país como el nuestro donde los cerebros se tienen que fugar –disculpe que vuelva a hablar de fugas– y donde el empleo brilla por su ausencia. La Universidad es una institución que, aunque hace mucho se desvió del camino de las baldosas amarillas y se perdió en atajos, tiene como única finalidad la de formar intelectualmente a los alumnos. En todas las disciplinas, en todas las ramas del saber. También en las Humanidades. Saramago –sabe usted que soy devota del portugués– dijo algo con lo que no puedo estar más en desacuerdo «si la literatura pudiera cambiar el mundo, ya lo habría hecho», porque estoy convencida de que la literatura es la manifestación más fiel de lo que el mundo ha cambiado. Pero no se preocupe, que no voy a largarle un rollo literario, porque peor suerte que la literatura ha corrido la filosofía en los planes de estudio. Y eso sí que es inquietante.

De las diecisiete comunidades autónomas, solo nueve –Andalucía, entre ellas– contemplan la obligatoriedad de la historia de la filosofía como asignatura. El resto, la oferta como optativa y en ningún caso es materia obligada de examen para entrar en la Universidad. Tal vez saber de Platón o de Descartes, no sirva para formar ingenieros o arquitectos –tengo mis dudas, pero puedo llegar a entenderlo– pero, resulta indispensable para formar ciudadanos. Para formar el pensamiento de los ciudadanos. Para construir la ética de los ciudadanos.

Quizá es ahí donde radica el problema. Sin ética, sin moral, sin lógica, y sin estética, resulta mucho más sencillo de controlar el rebaño. Sin capacidad de respuesta es mucho más fácil implantar el pensamiento único y manipular la opinión de la ciudadanía. Sin preguntas, no es necesario dar respuestas.

De políticos sin ética y sin moral, y sin vergüenza, tenemos los juzgados y las cárceles llenas. Ellos, que aplaudieron la ley Wert, posiblemente estudiaron literatura y filosofía, pero se ve que les sirvió de poco.

Y tampoco entendieron Cadena Perpetua.

YOLANDA VALLEJOYOLANDA VALLEJO