José Landi

La risa de los viejos

Qué triste contemplar que son como tú y yo en cuanto pueden. Y que nosotros sólo somos distintos porque no pudimos

José Landi
Actualizado:

Lo viejo se resiste a morir y lo nuevo, a que viva mucho. El agua que no corre se estanca y camarón que se duerme... Si las estaciones no se suceden esto revienta. Hay que cansarse para descansar, descansar para cansarse. Y todas las memas metáforas sobre los ciclos naturales de mierda, incluyendo las del ‘Rey León’. Las que quiera recordar nuestra mente vaga. Todas valen.

Siempre me pareció que esto que nos pasa ahora –lo que nos ha pasado siempre, desde el Cromagnon– es un problema generacional, un pique severo entre viejos y jóvenes, que hasta ganas y asco nos tenemos por una cuestión de necesario rechazo común. Vivimos hace años –unos 4.000 pero centrémonos en los últimos diez–, en un momento congelado y con agüilla que dura un segundo interminable. Ese que transcurre entre la llegada de un corredor que estira cuello y brazo para dar el cilindro y otro atleta que le espera, en plena aceleración, con la mano atrás, ciega y abierta, gritando que lo suelte, que se lo dé ya. Es cuestión de sincronización. Y esa virtud nunca fue nuestro fuerte.

Por edad –casi prejubilado, casi parado, casi viejo– me corresponde ser de los que entrega el testigo (está sucio que no sudado, advierto) para luego decir que no ha visto nada. Me pongo en el lugar del que espera porque yo esperé. Aunque muy poco, mucho menos. Y me da cosa su gesto sin verle la cara (me da la espalda al correr). Está tenso y angustiado. «Y si se cae el cacharro». «Y si salgo tarde». «Y si no llego». «¿Dónde está ese palo de mierda?». «Suéltalo ya». Así deben de pensar los de menos de 30 ó 35 años porque así pensé yo. Y en la espera, siempre te avinagras. Por eso siempre tuve simpatía por los que llegaban, hasta les perdonaba que vinieran rodeados de algún mayor infilitrado y aprovechado, de charlatán vendeburras, de tahures, aduladores, gurús, expertos y asesores: mangantes.

La mayor decepción es contemplar lo nada que cambia todo, lo poco que tarda lo nuevo en avejentar. Parece que nada más quitarle el envoltorio, ya se oxida. Al contacto con la luz y a su velocidad, como una manzana cortada. Casi lo ves pudrirse en directo. Yo estaba cansado de mí y de los míos. Les esperaba y les entendía por más que no me convenían. Tenía la certeza de que sería uno de los ajusticiados y lo merezco. Que mataran por matar, en plan viva la vida. Así funciona, Mogwly, qué quieres que te diga, Simba. No puedes evitarlo. No debes y, además, no quieres.

Te derretías por ver cómo les daban un corte bueno a los que aún cortan la calle armados con un rosario. Suspirabas por ver si les metían miedo a los asustaviejas que antes amenazaban a los tiesos o a sus abuelas para rehabilitar y ahora echan a sus nietos para forrarse con apartamentos turísticos. Pero siguen igual, mirando desafiantes por la calle, ganando. Ansiabas que le pararan los pies a los matasanos que siempre ven el camino para doblar su fortuna por vía de urgencia. Pero qué va, les piden hora a escondidas. Para operarse las tetas y alargarse la minga, para comprarse casoplones.

Qué triste contemplar que son como tú y yo en cuanto pueden. Y que nosotros sólo somos distintos porque no pudimos. De nuevo, lo eterno: quitarles para ponerse. Los mismos por más que se disfracen hasta engañarte. Si es el relevo de siempre, es que no llega. Nunca somos nosotros los que cogemos la vez. No nos tocó en su día, cuando éramos jóvenes. Menos aún en el de nuestra muerte, amén.

José LandiJosé Landi