OPINIÓN

Paradojas

Quizás debamos atender al razonamiento de Bohr, en sí mismo paradójico, y, dominando el pavor, encontrar en la propia contradicción que nos angustia, esperanzas de progreso

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‘¡Qué maravilloso que hayamos tropezado con una paradoja! Ahora tenemos alguna esperanza de progresar’. Con esta declaración resumió Niels Bohr, uno de los pioneros de la revolución cuántica, que sólo adentrándonos sin miedo en el terreno pantanoso de las contradicciones, de la falta de sentido, de lo que siendo lo mismo se presenta como distinto y de lo que aparentemente se nos ofrece como diferenciado no deja nunca de formar parte de una única realidad.

Una de las más célebres paradojas, por la categoría intelectual de los sujetos implicados en la polémica, es la del barbero de Russell. Un emir promulgó una ley que ordenaba que en su territorio los barberos solo debían afeitar a aquellas personas que no pudieran afeitarse a sí mismas. El problema que se le planteó a As-Samet, como único barbero de su pueblo, era que no podía afeitar su propia barba sin contravenir la ley. Esta historia, por él inventada, la empleó Russell como base de su argumento lógico-filosófico para demostrar que la teoría de conjuntos de Cantor y Frege era contradictoria. Es decir, que las paradojas anidan incluso en el corazón de las matemáticas.

Traigo todo esto a colación porque con el problema de la migración hace tiempo que hemos entrado de lleno en el terreno de la paradoja. Pero lo estamos haciendo dejándonos conducir por el guía ciego del miedo. Como As-Samet no podía ni afeitarse ni dejar de hacerlo, nosotros ni podemos acoger a todos lo que llegan ni los podemos rechazar. Lo primero por puras razones de cálculo matemático, lo segundo por imperativos humanitarios. Cuando cualquier sistema se siente invadido por agentes extraños, sea una simple célula frente a un virus, o una nación ante la entrada en tromba de foráneos, lo primero que hace es poner en marcha sus sistemas defensivos para tratar de detener la invasión que pone en peligro la integridad del organismo, biológico o social.

Cualquier cosa puede ocurrir cuando se activan los mecanismos del miedo. Los sistemas actúan de forma desesperada una vez este se desata. La defensa a ultranza o el enfrentamiento rabioso son las dos únicas salidas que ofrece el futuro, como al animal que debe decidir entre huir o pelear para mantenerse vivo. Ahora optamos, como primera medida lógica de urgencia, por el cierre de las fronteras para detener el flujo. Las ideas actúan como alambre de espino para dar consistencia a esa clausura. Los ‘vienen a robarnos nuestro trabajo’, ‘disfrutan de derechos que a nosotros se nos niegan’, ‘son todos terroristas y ladrones’, corren como eslóganes en boca de la gente. Cuando el eslogan se convierte en discurso político, ya tenemos al Trump de turno, encaramado en el poder, decidido a construir muros de no sé cuántos metros de altura.

Quizás debamos atender al razonamiento de Bohr, en sí mismo paradójico, y, dominando el pavor, encontrar en la propia contradicción que nos angustia, esperanzas de progreso. Estos flujos de seres humanos desesperados que se están produciendo por todo el planeta como una hemorragia incontenible, no son producto del capricho de gentes que un buen día decide abandonar sus lugares de origen para trasladarse a miles de kilómetros jugándose la vida. Quizás debiéramos pensar en el papel que hemos jugado, y continuamos jugando, los países de acogida en esta horrible sangría. Quizás lo que estamos derrochando nosotros en nuestro mundo de ‘ricos’, es lo que les está faltando a los ‘miserables’. Reconocer nuestra responsabilidad en los desequilibrios a nivel mundial nos ayudaría a ir resquebrajando el círculo infernal de esta productiva paradoja.