OPINIÓN

Padre, patria y patrimonio

En Cádiz tenemos un vasto patrimonio, pero su cuidado deja mucho que desear. Como ejemplo reciente baste recordar la desaparición misteriosa de nuestra Catedral de las tallas de La Roldana

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Esos tres sustantivos derivan de la forma femenina del adjetivo patrius-a-um, relativo a los ‘patres’, que son los antepasados. El elemento pater también se encuentra en el nombre del dios Júpiter, que significa «padre de la luz diurna», versión romana del Zeus griego, dios de los dioses.

El varón que nos ha engendrado es nuestro padre. La patria es esa tierra natal o adoptiva ordenada como nación o como extensión más localista a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos o afectivos. Los apátridas de ahora no son los que huyen de su tierra en busca de una vida mejor, esos son, como dice el escritor Aquilino Duque, los mismos Miserables de Víctor Hugo. Los «sin Dios» de hoy son los opulentos de las finanzas y la especulación a los que no les hacen falta fronteras, y que sólo reconocen como patria férrea al dinero y al poder.

Y nos queda el patrimonio, ese legado material o inmaterial que heredamos de nuestros antepasados y con el que debemos endeudarnos, cuidarlo y engrandecer para generaciones futuras. En Cádiz tenemos un vasto patrimonio, pero su cuidado deja mucho que desear. Como ejemplo reciente baste recordar la desaparición misteriosa de nuestra Catedral de las tallas de La Roldana.

Hace poco que la UNESCO ha declarado como Patrimonio de la Humanidad a la ciudad califal de Medina Azahar. Cádiz sigue siendo la única provincia andaluza que no tiene ningún reconocimiento por parte de ese Organismo dependiente de las Naciones Unidas. Huelva con su Doñana, Sevilla con su enclave monumental formado por la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias, Málaga con sus pétreos Dólmenes de Antequera, Jaén con las ciudades renacentistas de Úbeda y Baeza, la nazarí Granada con su Alhambra y los jardines del Generalife, y la distante Almería con su Arte Rupestre del arco mediterráneo de la península Ibérica. Y Cádiz?. No será por falta de méritos propios, tanto materiales como inmateriales, es por falta de compromiso y de ímpetu.

De las administraciones, empezando por la más cercana al ciudadano, la municipal, que tiene la obligación de cuidar con esmero su legado y de poner en valor y de darlo a conocer con grandilocuencia a sus vecinos, de mimarlo para que el viajero que recale en la ciudad, buscando algo más que sol y filosofía de buen vivir, pueda disfrutarlo. Ninguna de ellas ha apostado nunca por dar ese marchamo de calidad que supone ser Patrimonio Universal.

De la sociedad civil con sus instituciones culturales que deben alentar y hacer ver a los incrédulos que aquí hay mucho patrimonio merecedor de los mayores reconocimientos. Y por supuesto del ciudadano de a pie. Ese que sólo considera como suyo su casa de puertas a dentro, que todo lo de fuera es calle. Ese que no sabe apreciar lo que tiene al alcance de la mano, que tienen que venir los de fuera para abrirles los ojos. Ese que no cuida, ese que ensucia, ese que vandalea, ese que no merece el calificativo ciudadano.

Dicen algunos expertos que la UNESCO ha cambiado de criterios a la hora de otorgar reconocimientos, que ya las piedras parecen no interesarles. En mi humilde y poca docta opinión sólo algunas propuestas, más allá del carnaval. La Almadraba, el conjunto arqueológico de Baelo Claudia, el Casco histórico de Cádiz con sus murallas y sus dos Catedrales, el marco vitivinícola de Jerez con su laboreo y saber artesano, el Corpus de Zahara de la Sierra. Se admiten propuestas, eso sí, pero bien defendidas.