OPINIÓN

Las mil oportunidades

Sea por negligencia, por cambio político o por presunta estafa parece que la condena es que las ayudas a la industria se pierdan

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Los acontecimientos y su frecuencia permiten que los andaluces interesados puedan considerarse expertos en algunas áreas concretas. Todo lo relacionado con ayudas a la creación de empresas y al fomento del empleo ha proliferado con insólita familiaridad en lo que va de siglo en esta zona de Europa. Cada programa de ayudas tiene una siglas y unos requisitos, un nombre, un plazo y una teórica finalidad pero todos, sin excepción, acaban en el mismo punto: Andalucía y la provincia de Cádiz conservan similares porcentajes de paro y el mismo número de empresas que antes de la llegada de ese maná.

A ese fracaso rotundo y colectivo se añade otro motivo de preocupación ciudadana: la falta de control. El dinero de Europa ha llegado a raudales pero nadie controla su buen uso. Según la denuncia del PP conocida ayer, ahora son 88 millones de euros en ayudas los que pueden perderse porque, sencillamente, el Gobierno formado el pasado junio no ha seguido con la tramitación presupuestaria del anterior Ejecutivo. Así de simple para desperdiciar un caudal de dinero llamado a aliviar unas cotas de paro aún muy dolorosas y más altas que las del resto de España.

Este episodio se suma a otros, aún más dañinos, relacionados con las ayudas a la industrialización. Cada caso conocido tiene matices diferentes pero comparte una misma raiz con los episodios de Oubiña (Bahía Competitiva), de Ángel Ojeda (cursos de formación) o con el vasto episodio de los ERE. Haya o no delitos o faltas, más o menos justificaciones burocráticas y con la sagrada presunción de inocencia por delante, siempre aparece un mismo elemento: una gran cantidad de dinero se destina a una hipotética creación de puestos de trabajo, de industria y riqueza colectiva que nunca llega. Sea por torpeza, por negligencia ‘in vigilando’, por un laberinto legal, por cambios políticos, por mal planteamiento, por lo que quiera pensar mejor o peor cada cual pero el resultado es idéntico: el dinero acaba en desperdicio (a falta de que la Justicia establezca si una parte fue a los bolsillos de alguien) y los parados siguen sin empleo.

Son hechos, números, nunca opiniones. Puede que la chapuza sistemática que reciba nombres distintos pero el hecho final siempre es el mismo. Esta vez son 88 millones. Antes fueron 50 en El Puerto, o 300 en otro lugar. Lo único cierto es que se pierden. El dinero y, sobre todo, las oportunidades.