HOJA ROJA

El nuevo enero

Existe todo un decálogo de instrucciones para afrontar el nuevo curso altamente recomendado por psicólogos y coaches

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Que el año comienza en septiembre es algo que ya teníamos perfectamente asumido desde que la última semana de agosto todo nos empezaba a sonar a despedida «el finaaaaaal del verano…», y eso, a pesar de que los termómetros siguen insultándonos cada mañana, porque una cosa es el verano de almanaque -ese que ya se nos va- y otra muy distinta es el verano biológico, ese que puede durar hasta los polvorones y más allá. El caso es que, nos guste o no, el año comienza en septiembre lleno de nuevos propósitos, de coleccionables -de todos los que he visto hasta el momento me quedo con la réplica fascicular de la máscara de Tutankhamon, a tamaño natural-, de inscripciones al gimnasio, de cursos de idiomas y de ropa de nueva temporada, sea cual sea la temporada que venga.

Pero lo que no sabíamos hasta ahora es que existe todo un decálogo de instrucciones para afrontar el nuevo curso -al final, todos nos creemos niños de colegio- altamente recomendado por psicólogos y coaches. A partir de la semana que viene, ya lo sabe, como si se tratara de un cataclismo, el año se nos convierte en nuevo y debemos estar preparados y completamente adaptados. No, no me refiero a la que se avecina, porque de elecciones nos vamos a hartar. Me refiero a la actitud con la que los nuevos mesías nos aconsejan recibir a septiembre.

Por eso, en esta última semana de agosto, y a falta de algo mejor que hacer, no hay nada más sugerente que repasar los mandamientos de esta nueva religión que nos hace peregrinar incansablemente por los territorios de la estupidez humana, haciendo ofrendas en cada uno de los altares del despropósito.

A practicar ejercicio -ya lo sé, usted ya está apuntado en el gimnasio del muelle, como todos- comer cinco veces, beber dos litros de agua al día -sin tener sed, que es lo meritorio- y dormir ocho horas, se añaden otros preceptos de obligado cumplimiento para volver a la rutina que impone el otoño -si es que llega el otoño, claro está.

Mantener el color del verano, por ejemplo, mediante cremas que prolongan el bronceado o mediante la ingesta de zanahorias, pimientos rojos, cerezas y pepinos, parece que favorece la rentré; y sobre todo favorece la liberación de endorfinas -dicen, no lo he comprobado aún- que son las que más contentos nos ponen. Tanto, como aprender a tocar un instrumento, hablar -¿hablar?- un nuevo idioma, escribir un libro o emborronar un lienzo. No lo sé. Porque si alguno de los mandamientos de esta nueva ley me ha dejado sin palabras es el de aprender a usar un «kakebo», que es algo así como un híbrido entre una agenda y un libro de cuentas que obliga a «ser constante y honesto» con los gastos diarios.

Parece que apuntar lo que uno se gasta en bares, en ocio y en vicios produce un efecto tan bochornoso en el alma como beneficioso en la cartera. Cosas de los nipones, ya ve; como lo de la ley y el orden de Marie Kondo que usted, como yo, ha intentado tantas veces sin éxito. Tirar todo lo que no se usa y ordenar lo poco que conservemos. Qué fácil se ve todo desde donde sale el Sol, y qué difícil resulta desde el Ocaso -desde el Ocaso, todo es más difícil, pero no me refería a ese «ocaso»- donde guardamos todo por si acaso.

Porque a este nuevo año llegamos con las alforjas llenas. La permanente campaña electoral no nos ha dado tregua, ni siquiera la posibilidad mariekondil de tirar lo que ya no vamos a usar. Todo se superpone, la crisis migratoria, la corrupción, la mujer del César, la limpieza de la ciudad, las colonias de gatos hambrientos, los presupuestos que entran y no salen adelante, y las quejas.

El último de los mandamientos resume en sí mismo toda la ley; basándose en los sermones del pastor Will Bowen -el midwestern, es el midwestern- quien proponía permanecer 21 días sin quejarse, sin hablar mal de nadie y sin criticar, se nos revela como la fórmula perfecta para afrontar nuevas situaciones. No está permitido ni siquiera un intrascendente «qué frío», «qué calor» –eso me gusta, porque ya sabe lo que pienso sobre hablar del tiempo- o «qué sueño», tampoco se permiten jaculatorias de desahogo tipo «a ver si empieza ya el colegio» o «no me he sentado en todo el día», y muchísimo menos «estos políticos no hacen nada», «el jefe me odia» o «qué porquería de sueldo tengo». Es más sencillo de lo que parece y más difícil de lo que realmente es; tres semanas para crear un nuevo hábito en el cerebro, el hábito de Pollyana -tan asquerosamente conformista- que nos va a cambiar la vida.

Así que ya sabe, ante el nuevo curso, ante el nuevo enero, siga los consejos de este decálogo. Nada de quejas, ni de pensamientos negativos. Después, todo será maravilloso y estará usted reprogramado y listo para afrontar lo que se nos viene encima.

¿Lo intentamos? Yo no prometo nada, ni ejercicio, ni agua, ni por supuesto kakebo, pero ya puestos, en tres semanas le cuento.