Julio Malo de Molina - OPINIÓN

Navidad vs consumismo

Deseo en esta Navidad recuperar la infancia y las tradiciones como base de la modernidad

Julio Malo de Molina
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La modernidad auténtica se asienta en la tradición, así lo revelan las obras más avanzadas y comprometidas de los creadores de las vanguardias contemporáneas, como: Picasso, Le Corbusier, Giacometti, Brancusi, y tantos otros. A la luz de esta idea podemos reflexionar acerca de la Navidad, una tradición mantenida a lo largo de la historia, ya degradada por la manipulación mercantil que padecemos en estos tiempos que corren, caracterizados por el materialismo vulgar.

El concepto original de la celebración se ha desvirtuado hasta olvidar el mensaje trasmitido durante siglos, relativo al destino del ser humano, para convertirse en una orgía consumista a base de fiestas sin sentido.

La sociedad de consumo es inherente a la economía de mercado que se implanta a raíz de la revolución industrial y de las trasformaciones sociales y políticas que protagoniza la burguesía. A principios del siglo XIX, la democracia liberal y el capitalismo se consolidan en: Inglaterra, Francia, Alemania y los Estados Unidos, y se extienden por la Europa desarrollada. La lógica de la producción capitalista induce al despilfarro y a la pérdida de los principios tradicionales de la cultura occidental, como son: el honor, la solidaridad y la trascendencia.

Según este trueque de valores quien no tiene posesiones materiales no es nada, mientras que la burguesía aspira a los lujos que disfrutaba la vieja aristocracia, lo cual multiplica el consumo y exige la proliferación del crédito que permite el desarrollo de la plutocracia bancaria.

La Navidad es una de las tradiciones más sugestivas de nuestra cultura, procede de la celebración del renacer del sol con el solsticio de invierno y atraviesa la historia reciente con el mensaje cristiano que recuerda el natalicio de Jesús de Nazaret, válido para creyentes y agnósticos, y que nos habla de la austeridad, las carencias y el abandono.

Es tiempo a la vez de felicidad y de tristeza, contradicción esencial de la condición humana. La palabra Adviento significa venida y comienza cuatro semanas antes de la Navidad, la gran llegada de la redención. Jesús de Nazaret aporta esta idea que nos revela la capacidad del hombre y de la mujer para transformarse, y en consecuencia habla del perdón frente a la idea judaica de la culpa y de la deuda, palabras que fueron seudónimo en las lenguas de la antigüedad.

Las ideas de la redención y del perdón marcan la nueva ética de nuestra cultura, y la desarrollan otros pensadores, desde Agustín de Hipona que fue liviano y pecador en África, hasta filósofos modernos como Hegel, Marx o Heidegger.

El mensaje primigenio ha sido devorado por la sociedad de consumo, entre Papá Noel instalado en los grandes almacenes para vender mercancías superfluas, y belenes de cartón piedra mientras que en Palestina aún mueren personas cada día en una larga guerra alimentada por los lobos de Wall Street. Pero el mensaje del perdón sigue en nuestras conciencias, contra los lobos, contra la usura, contra los mercados.

Cuando yo era chico mi abuela me regalaba cada primero de diciembre un «calendario de adviento», recordar la infancia, nuestra verdadera Patria, es un recurso para eludir al menos en parte la falsedad de la Navidad consumista y reconocer la tradición que es fuente de verdad y de belleza.

Pablo Picasso sostenía que a los quince años ya pintaba como Rafael pero necesitó toda una vida para aprender a dibujar como un niño. Deseo en esta Navidad recuperar la infancia y las tradiciones como base de la modernidad.

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